- ¡Alan, escóndete! -.
- Hermana, tengo miedo… ¿qué ha pasado con papá y mamá?-.
- Te he dicho que te escondas…-. El sonido de un disparo hendió el aire, Martha se giró hacía el sonido con expresión asustada, el rostro lívido cómo un cadáver. “Dios mío… no puede ser…”, durante unos segundos se quedó parada en esa posición, Alan pensó que se asemejaba mucho a una estatúa de marfil, su palidez sin duda contribuía a ello, pero también su belleza.
De súbito la muchacha reaccionó, el color volvió un poco a sus mejillas y su expresión recobró el aplomo:
- Rápido, ponte dentro de la chimenea…-.
- Pero…-.
-¡Sin peros!-. Cogió al niño en brazos y lo arrastró hacía el oscuro agujero en un rincón de la sala de estar. Le obligó a guarecerse en el fondo, oculto detrás de varios tocones de madera.
- Quédate aquí, no salgas ni hagas ruido alguno pase lo que pase,¿de acuerdo? Lo digo en serio Alan… si lo haces me enfadaré mucho…-.
El niño asintió lentamente, ni por asomo comprendía lo que estaba pasando pero en los ojos de su hermana leía el miedo y eso lo hacía estremecer.
Con aprobación, su hermana le besó la frente con ternura y se alejó de él, tras de sí dejó un halo a romaní y una sensación de lo más reconfortante.
Entonces un crujido estremecedor restalló en la sala, su hermana se paró en seco, un segundo crujido, miró a ambos lados, en aquella planta de la casa colonial no tenía dónde esconderse, debería subir a las habitaciones de arriba en busca de refugio pero…
Alan vio cómo su hermana lo miraba, su expresión mutó de asustada a serena al mirarlo. La determinación propia de los primeros colonos se reflejaba en su rostro, jamás dejaría a su hermano expuesto al peligro para esconderse.
Para cuando la puerta saltó de sus bisagras, con un fuerte estruendo al chocar contra el duro suelo, la chiquilla estaba preparada para afrontar cualquier peligro.
Entraron tres hombres, el sombrero de vaquero calado junto con pañuelos al estilo indio les tapaban el rostro, chalecos de tosco cuero los cubrían por encima de sucias camisa manchadas de barro, los pantalones estaban llenos de cieno y polvo así como sus botas.
Lo único que relucía con impoluto desdén eran los revólveres que portaban, que apuntaron rápidamente a la chica plantada ante ellos.
Se miraron, el que iba delante indicó a los otros dos que exploraran la casa, probablemente en busca de otros habitantes o de una posible trampa.
Estos no tardaron en obedecer, aunque parecían más interesados en vaciar despensas y cajones de su contenido que no en buscar posibles atacantes.
Martha contemplaba el expolio de los bienes de su hogar con estoica resignación, Alan a duras penas comprendía lo que pasaba desde su sombrío escondrijo.
Cuando los otros dos se hubieron cerciorado de que no había nadie más en la casa, poco mobiliario quedaba aún de pie o en el estado en el que se encontraba antes del brutal saqueo.
El que parecía el líder de los bandidos bajó su arma y se aflojó el nudo de su pañuelo, mostrando un rostro de facciones duras, en el que destacaba una gran cicatriz que lo cruzaba en diagonal des del carrillo derecho hasta la parte izquierda de la mandíbula.
Sonrió con desdén al ver el estupor de Martha al contemplar la blanca cicatriz. Le faltaban varios dientes.
Con paso seguro se acercó a la muchacha, esta retrocedió, el miedo estaba pintado en su rostro. Durante unos segundos el hombre se desplazo hacía la derecha lentamente, luego a la izquierda, disfrutando al ver cómo la muchacha huía en dirección contraria.
Súbitamente corrió hacía ella y la estampó con brutalidad contra la pared, agarrándola con ambas manos por la garganta. El lazo era tan fuerte que la muchacha apenas podía respirar, no tardo en empezar a patalear desesperada ante la falta de oxigeno, cuando el hombre la soltó, cayó rendida al suelo, tosiendo y esforzándose por conseguir que el aire llegara a sus pulmones.
El hombre tiró de su rubia melena tan fuerte que le arrancó varios mechones, la chiquilla profirió en alaridos al tiempo que varias lágrimas le caían mejillas abajo.
La obligó a ponerse de rodillas mientras se desabrochaba el cinturón, con un macabro chasquido la hebilla del cinto chocó contra el suelo.
Martha contempló asombrada las blancas pantorrillas del hombre y el vello alrededor de sus testículos y su miembro, endurecido por la excitación.
El hombre le hizo un gesto inequívoco mientras la asía por la melena con dureza. Al principio ella no comprendió, pero cuando se dio cuenta de lo que pretendía el bandido intento apartarse, horrorizada.
Una fuerte bofetada la tumbó contra el suelo y desde allí vio acercarse la punta de la bota del hombre, una coz brutal le hizo crujir las costillas.
Si la bofetada la había dejado momentáneamente atontada, la coz la devolvió con crudeza a la realidad, el dolor era tan extremo que apenas podía pensar. A la primera coz la siguieron una segunda, una tercera, luego una cuarta.
De nuevo la tiró del pelo y la obligó a alzarse, pese a que el dolor la atormentaba hasta desear quedar inconsciente reunió aún el valor para ladear la cabeza, otra bofetada le giró el rostro, notaba el sabor de la sangre que manaba de sus dientes, sin duda se había mordido la lengua con el impacto.
Cayeron más bofetadas, una tras de otra hasta que, tras sus negativas, el bandido le aprisionó la cabeza contra la pared con una mano mientras atenazaba con el índice y el pulgar su nariz con la otra. Se estaba quedando sin aire, durante unos agónicos segundos intentó desesperadamente aguantar, dejarse morir, pero el dolor por la asfixia pudo más que su voluntad.
Abrió la boca y él le introdujo con rudeza el miembro.
Y ella deseó morir. Le destapo la nariz y le obligó a mover la cabeza, hacía delante, hacía atrás, hacía delante, hacía atrás, cuando intentó sacársela de la boca le volvió a tapar la nariz, hizo que alzara la mirada.
-Lámelo, lámelo hasta que me corra, si se te ocurre sacártelo de la boca te pego un tiro en la sien cómo he hecho con tus padres, ¿queda claro jodida zorra? -.
Ella obedeció mientras lágrimas abrasadoras manaban de sus ojos.
Al poco rato el hombre empezó a jadear, ella notaba como sus manos temblaban mientras la sostenía y su miembro empezó a palpitar.
De súbito notó su lengua húmeda y una substancia densa le abrasó la garganta, el sabor era muy fuerte y el tacto resbaladizo y pegajoso le hizo sentir nauseas.
Cuando el hombre cayó de rodillas, jadeando de placer y su boca fue liberada la muchacha tosió y escupió, vio sus manos llenas de una substancia blancuzca semitransparente y entre sollozos, empezó a vomitar de puro asco.
Para cuando acabó tiritaba y temblaba, sus miembros no la sostenían y se sentía tan confusa y desdichada que creía que se volvía loca, no comprendía qué había pasado pero se sentía sucia e indigna, sollozaba de pura incomprensión y dolor y lo peor era que aquello no había hecho más que empezar.
Los otros dos hombres se le acercaron, con un cuchillo le rajaron el vestido y mientras uno la sostenía el otro empezó a tocarla por todas partes.
La casa se llenó de gritos mientras Martha era penetrada una y otra vez.
Desde su oscuro escondrijo un niño contemplaba la escena horrorizado, mordiéndose la mano con fuerza para no gritar esta hacía mucho que sangraba. Su llanto era silencioso cómo el de un ratón pero sentía un dolor tan inmenso y lacerante que apenas podía respirar.
Uno de los hombres tendió a su hermana contra el suelo bocabajo, a escasos metros de la chimenea y empezó a abofetearle el trasero con fuerza mientras la penetraba por detrás, cada bofetada restallaba con más fuerza que la anterior y los gritos de su hermana estaban a punto de hacerlo enloquecer, de sopetón ella alzó su rostro atormentado y sus miradas se encontraron. Martha cerró los ojos de vergüenza y dolor mientras profería un grito más agudo y profundo que ninguno de los que había proferido hasta entonces.
Despertó sobresaltado. Empapado en sudor y lágrimas y jadeando cómo un poseso. Ese sueño de nuevo. Siempre ese maldito sueño.
Tiró a un lado la manta y se alzó, “si durmiera en una cama en lugar de en el jodido suelo del desierto seguro que dejaba de acosarme esta maldita pesadilla”. Sabía que no era cierto.
Para calmarse se acerco a su caballo bayo atado a un árbol no lejos de allí, el animal debió de captar su olor, pues no movió un músculo mientras le palmeaba el cuello con afecto y le acariciaba la crin.
Las lágrimas empezaron a brotar de nuevo, estaba agotado, llevaba demasiados días cabalgando bajo el sol abrasador del Oeste americano, sin más compañía ni consuelo que el de su fiel caballo y una águila americana que llevaba varios días siguiéndole. “Debe esperar a que me muera de insolación y sed… el desierto es duro, incluso las águilas tienen que recurrir a la carroña para alimentarse”.
La imagen de su hermana gritando acudió de nuevo a su mente, no había podido quitarse esa imagen de la cabeza, lo perseguía en sus pesadillas desde entonces, probablemente jamás desaparecería.
domingo, 6 de junio de 2010
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