- Quizás todo sea resultado de la total falta de moral que acompaña a este siglo…-. Todos miraron al erudito con silenciosos asentimientos. – Este mundo ha perdido sus valores, la sociedad…-. Entonces un barrendero dejó su escoba apoyada en la pared del aula magna de la universidad y soltó un bufido exasperado. El erudito y su equipo de aduladores se giraron hacía él.
-¿Le ocurre algo, caballero?-.
-Bueno… es que… bueno, déjelo.-.
-No, por favor, siempre es interesante conocer lo que opina el pueblo llano sobre tan elevadas cuestiones…-. El barrendero frunció el ceño con expresión incrédula. Al final se encogió de espaldas y dijo:
- Todo es opinable pero creo que lo que usted ha dicho es realmente… pobre.
- ¿Cómo?-. Dijo el erudito atónito.
- Si, las palabras utilizadas ya en sí mismas… es como si quisiera hablar en “trekkie”… para ser un gran divulgador no hace falta hablar como si estuviéramos en el siglo XVI-. El erudito sonrió con desdén.
- Lamento que mi lenguaje le resulte poco apropiado y difícil de seguir pero…-.
- O, no se preocupe, no es difícil de seguir, es, simplemente, recargado e inútil… he seguido su seminario y las dos horas podían resumirse en diez minutos de conceptos útiles… el público lo agradecería. ¿Sabe que estudios japoneses revelan que sólo podemos estar realmente atentos durante unos quince minutos? Después de eso nuestra capacidad retentiva y evaluativa cae y aunque nos esforcemos nos resulta difícil comprender aquello que se nos dice… aún más difícil resulta sacar algo útil de ello si ya no lo hemos podido retener…-.
- Estoy familiarizado con esos estudios pero es muy difícil resumir en pocos conceptos simples algo tan complejo cómo…-.
- Y esa es otra… los conceptos en sí, aunque los disfrace para que parezcan complejos… son en verdad simples y, yo diría, erróneos…-. Los aduladores empezaron a quejarse ante las palabras del barrendero, pero el erudito los hizo callar, sonriendo con seguridad y condescendencia, dijo:
- Por favor, buen hombre, explíquese, a buen seguro no ha comprendido bien lo que trataba de explicar en mi conferencia… si me confía sus dudas estaré encantado de solucionarlas…-.
- Bueno, es posible que no lo haya comprendido bien… esta bien, un ejemplo simple… usted acaba de decir que en esta época existe una tremenda falta de moral ¿no es así?-
- Desde luego, la juventud no cree en valores cómo el esfuerzo, la empatía el trabajo en equipo, la solidaridad… nos encontramos ante la mayor decadencia social vivida desde la caída de Roma ante las invasiones germanas que dio inicio a la amarga época de subcultura conocida como la baja edad media que…-.
- Pues yo creo que se equivoca… no es que no haya valores, sino que los valores son distintos, los jóvenes de ahora creen en la búsqueda de la individualidad, la libertad de cultura, sexo y religión, no creen en la política pero distinguen perfectamente su propia ideología y, desde luego, tienen valores innatos cómo la aceptación inmediata de la diversidad cultural o el encuentro de la identidad personal a merced de la identidad global mediante las redes sociales… no buscan tanto destacar en su entorno cómo unirse a ese entorno, de forma que pasan a ser un "grupo de individualidades completo” en lugar de un solo individuo completo… ¿me sigue?-. El erudito miraba al hombre con perplejidad.
- No demasiado bien, creo que confunde las cosas, todos los supuestos valores que dice poseen los jóvenes son en esencia malos…-.
- Ni por asomo, señor, tan sólo son diferentes del de otras generaciones, cómo lo fueron los nuestros para la generación de nuestros padres…-.
- Pero estará de acuerdo en que esta pérdida de los valores de nuestra generación es la que ocasiona toda una serie de problemas globales que…-
- Pues no-.
- ¿No?-.
- Ni por asomo, precisamente ahora nos enfrentamos a un mundo globalizado que no funciona según las normas con las que nuestra generación regía su mundo. Justamente los problemas vienen por el hecho de que, en gran medida, no podemos dejar a un lado los antiguos sistemas políticos, económicos y sociales que hemos mantenido durante años. Por ejemplo, los políticos cómo Sarkozy o Merkel, no hacen sino perder intención de voto, ¿por qué? Pues porque son nacionalistas en un mundo que tiende irrevocablemente a la globalización.
Nos centramos en las mil y una gilipolleces que nos diferencian cuando, de hecho, esta demostrándose que un gobierno mundial y conjunto es lo que permitiría solucionar los verdaderos problemas de la sociedad puesto que, en esencia, cada vez los problemas de un español y pongamos, por ejemplo, un hindú son cada vez más parecidos: paro, hambre, cambio climático… No son sino caras de un mismo dado que es el ser humano, la especie humana en su conjunto. Un dado que parece que alguna gente se emperra en considerar distinto para cada uno de nosotros cuando, de hecho, las caras del dado son las mismas para todos.
En fin, estamos jugando una partida todos juntos y en ella apostamos todo, la civilización, el planeta… me parece soberanamente estúpido que utilicemos valores antiguos cuando está claro que lo que hace falta es una nueva mentalidad que pueda entender y utilizar las ventajas de un mundo globalizado.- Todos miraron al barrendero estupefactos. Al final el erudito dijo, con una nota de súplica en la voz.
- Entonces, señor, qué deberíamos hacer para promover este cambio… quiero decir, cómo conseguir que la sociedad deje sus antiguos valores, ahora inútiles, y afronte el futuro con una nueva mentalidad de crecimiento global… ¿cómo evitar el choque cognitivo que se deriva de este relevo generacional?-.
- En cristiano, por favor.-
- ¿Cómo conseguir que la gente entienda que este cambio es necesario y hacía qué hemos de cambiar?-.
- ¿Y yo qué sé?-. Dijo el barrendero sorprendido.
- ¿Cómo?-.El hombre recogió su escoba y empezó a barrer de nuevo.
- El erudito es usted… yo soy sólo el de mantenimiento…-. Y así el hombre se alejó silbando alegremente.
domingo, 5 de septiembre de 2010
domingo, 6 de junio de 2010
Alan Hawk
- ¡Alan, escóndete! -.
- Hermana, tengo miedo… ¿qué ha pasado con papá y mamá?-.
- Te he dicho que te escondas…-. El sonido de un disparo hendió el aire, Martha se giró hacía el sonido con expresión asustada, el rostro lívido cómo un cadáver. “Dios mío… no puede ser…”, durante unos segundos se quedó parada en esa posición, Alan pensó que se asemejaba mucho a una estatúa de marfil, su palidez sin duda contribuía a ello, pero también su belleza.
De súbito la muchacha reaccionó, el color volvió un poco a sus mejillas y su expresión recobró el aplomo:
- Rápido, ponte dentro de la chimenea…-.
- Pero…-.
-¡Sin peros!-. Cogió al niño en brazos y lo arrastró hacía el oscuro agujero en un rincón de la sala de estar. Le obligó a guarecerse en el fondo, oculto detrás de varios tocones de madera.
- Quédate aquí, no salgas ni hagas ruido alguno pase lo que pase,¿de acuerdo? Lo digo en serio Alan… si lo haces me enfadaré mucho…-.
El niño asintió lentamente, ni por asomo comprendía lo que estaba pasando pero en los ojos de su hermana leía el miedo y eso lo hacía estremecer.
Con aprobación, su hermana le besó la frente con ternura y se alejó de él, tras de sí dejó un halo a romaní y una sensación de lo más reconfortante.
Entonces un crujido estremecedor restalló en la sala, su hermana se paró en seco, un segundo crujido, miró a ambos lados, en aquella planta de la casa colonial no tenía dónde esconderse, debería subir a las habitaciones de arriba en busca de refugio pero…
Alan vio cómo su hermana lo miraba, su expresión mutó de asustada a serena al mirarlo. La determinación propia de los primeros colonos se reflejaba en su rostro, jamás dejaría a su hermano expuesto al peligro para esconderse.
Para cuando la puerta saltó de sus bisagras, con un fuerte estruendo al chocar contra el duro suelo, la chiquilla estaba preparada para afrontar cualquier peligro.
Entraron tres hombres, el sombrero de vaquero calado junto con pañuelos al estilo indio les tapaban el rostro, chalecos de tosco cuero los cubrían por encima de sucias camisa manchadas de barro, los pantalones estaban llenos de cieno y polvo así como sus botas.
Lo único que relucía con impoluto desdén eran los revólveres que portaban, que apuntaron rápidamente a la chica plantada ante ellos.
Se miraron, el que iba delante indicó a los otros dos que exploraran la casa, probablemente en busca de otros habitantes o de una posible trampa.
Estos no tardaron en obedecer, aunque parecían más interesados en vaciar despensas y cajones de su contenido que no en buscar posibles atacantes.
Martha contemplaba el expolio de los bienes de su hogar con estoica resignación, Alan a duras penas comprendía lo que pasaba desde su sombrío escondrijo.
Cuando los otros dos se hubieron cerciorado de que no había nadie más en la casa, poco mobiliario quedaba aún de pie o en el estado en el que se encontraba antes del brutal saqueo.
El que parecía el líder de los bandidos bajó su arma y se aflojó el nudo de su pañuelo, mostrando un rostro de facciones duras, en el que destacaba una gran cicatriz que lo cruzaba en diagonal des del carrillo derecho hasta la parte izquierda de la mandíbula.
Sonrió con desdén al ver el estupor de Martha al contemplar la blanca cicatriz. Le faltaban varios dientes.
Con paso seguro se acercó a la muchacha, esta retrocedió, el miedo estaba pintado en su rostro. Durante unos segundos el hombre se desplazo hacía la derecha lentamente, luego a la izquierda, disfrutando al ver cómo la muchacha huía en dirección contraria.
Súbitamente corrió hacía ella y la estampó con brutalidad contra la pared, agarrándola con ambas manos por la garganta. El lazo era tan fuerte que la muchacha apenas podía respirar, no tardo en empezar a patalear desesperada ante la falta de oxigeno, cuando el hombre la soltó, cayó rendida al suelo, tosiendo y esforzándose por conseguir que el aire llegara a sus pulmones.
El hombre tiró de su rubia melena tan fuerte que le arrancó varios mechones, la chiquilla profirió en alaridos al tiempo que varias lágrimas le caían mejillas abajo.
La obligó a ponerse de rodillas mientras se desabrochaba el cinturón, con un macabro chasquido la hebilla del cinto chocó contra el suelo.
Martha contempló asombrada las blancas pantorrillas del hombre y el vello alrededor de sus testículos y su miembro, endurecido por la excitación.
El hombre le hizo un gesto inequívoco mientras la asía por la melena con dureza. Al principio ella no comprendió, pero cuando se dio cuenta de lo que pretendía el bandido intento apartarse, horrorizada.
Una fuerte bofetada la tumbó contra el suelo y desde allí vio acercarse la punta de la bota del hombre, una coz brutal le hizo crujir las costillas.
Si la bofetada la había dejado momentáneamente atontada, la coz la devolvió con crudeza a la realidad, el dolor era tan extremo que apenas podía pensar. A la primera coz la siguieron una segunda, una tercera, luego una cuarta.
De nuevo la tiró del pelo y la obligó a alzarse, pese a que el dolor la atormentaba hasta desear quedar inconsciente reunió aún el valor para ladear la cabeza, otra bofetada le giró el rostro, notaba el sabor de la sangre que manaba de sus dientes, sin duda se había mordido la lengua con el impacto.
Cayeron más bofetadas, una tras de otra hasta que, tras sus negativas, el bandido le aprisionó la cabeza contra la pared con una mano mientras atenazaba con el índice y el pulgar su nariz con la otra. Se estaba quedando sin aire, durante unos agónicos segundos intentó desesperadamente aguantar, dejarse morir, pero el dolor por la asfixia pudo más que su voluntad.
Abrió la boca y él le introdujo con rudeza el miembro.
Y ella deseó morir. Le destapo la nariz y le obligó a mover la cabeza, hacía delante, hacía atrás, hacía delante, hacía atrás, cuando intentó sacársela de la boca le volvió a tapar la nariz, hizo que alzara la mirada.
-Lámelo, lámelo hasta que me corra, si se te ocurre sacártelo de la boca te pego un tiro en la sien cómo he hecho con tus padres, ¿queda claro jodida zorra? -.
Ella obedeció mientras lágrimas abrasadoras manaban de sus ojos.
Al poco rato el hombre empezó a jadear, ella notaba como sus manos temblaban mientras la sostenía y su miembro empezó a palpitar.
De súbito notó su lengua húmeda y una substancia densa le abrasó la garganta, el sabor era muy fuerte y el tacto resbaladizo y pegajoso le hizo sentir nauseas.
Cuando el hombre cayó de rodillas, jadeando de placer y su boca fue liberada la muchacha tosió y escupió, vio sus manos llenas de una substancia blancuzca semitransparente y entre sollozos, empezó a vomitar de puro asco.
Para cuando acabó tiritaba y temblaba, sus miembros no la sostenían y se sentía tan confusa y desdichada que creía que se volvía loca, no comprendía qué había pasado pero se sentía sucia e indigna, sollozaba de pura incomprensión y dolor y lo peor era que aquello no había hecho más que empezar.
Los otros dos hombres se le acercaron, con un cuchillo le rajaron el vestido y mientras uno la sostenía el otro empezó a tocarla por todas partes.
La casa se llenó de gritos mientras Martha era penetrada una y otra vez.
Desde su oscuro escondrijo un niño contemplaba la escena horrorizado, mordiéndose la mano con fuerza para no gritar esta hacía mucho que sangraba. Su llanto era silencioso cómo el de un ratón pero sentía un dolor tan inmenso y lacerante que apenas podía respirar.
Uno de los hombres tendió a su hermana contra el suelo bocabajo, a escasos metros de la chimenea y empezó a abofetearle el trasero con fuerza mientras la penetraba por detrás, cada bofetada restallaba con más fuerza que la anterior y los gritos de su hermana estaban a punto de hacerlo enloquecer, de sopetón ella alzó su rostro atormentado y sus miradas se encontraron. Martha cerró los ojos de vergüenza y dolor mientras profería un grito más agudo y profundo que ninguno de los que había proferido hasta entonces.
Despertó sobresaltado. Empapado en sudor y lágrimas y jadeando cómo un poseso. Ese sueño de nuevo. Siempre ese maldito sueño.
Tiró a un lado la manta y se alzó, “si durmiera en una cama en lugar de en el jodido suelo del desierto seguro que dejaba de acosarme esta maldita pesadilla”. Sabía que no era cierto.
Para calmarse se acerco a su caballo bayo atado a un árbol no lejos de allí, el animal debió de captar su olor, pues no movió un músculo mientras le palmeaba el cuello con afecto y le acariciaba la crin.
Las lágrimas empezaron a brotar de nuevo, estaba agotado, llevaba demasiados días cabalgando bajo el sol abrasador del Oeste americano, sin más compañía ni consuelo que el de su fiel caballo y una águila americana que llevaba varios días siguiéndole. “Debe esperar a que me muera de insolación y sed… el desierto es duro, incluso las águilas tienen que recurrir a la carroña para alimentarse”.
La imagen de su hermana gritando acudió de nuevo a su mente, no había podido quitarse esa imagen de la cabeza, lo perseguía en sus pesadillas desde entonces, probablemente jamás desaparecería.
- Hermana, tengo miedo… ¿qué ha pasado con papá y mamá?-.
- Te he dicho que te escondas…-. El sonido de un disparo hendió el aire, Martha se giró hacía el sonido con expresión asustada, el rostro lívido cómo un cadáver. “Dios mío… no puede ser…”, durante unos segundos se quedó parada en esa posición, Alan pensó que se asemejaba mucho a una estatúa de marfil, su palidez sin duda contribuía a ello, pero también su belleza.
De súbito la muchacha reaccionó, el color volvió un poco a sus mejillas y su expresión recobró el aplomo:
- Rápido, ponte dentro de la chimenea…-.
- Pero…-.
-¡Sin peros!-. Cogió al niño en brazos y lo arrastró hacía el oscuro agujero en un rincón de la sala de estar. Le obligó a guarecerse en el fondo, oculto detrás de varios tocones de madera.
- Quédate aquí, no salgas ni hagas ruido alguno pase lo que pase,¿de acuerdo? Lo digo en serio Alan… si lo haces me enfadaré mucho…-.
El niño asintió lentamente, ni por asomo comprendía lo que estaba pasando pero en los ojos de su hermana leía el miedo y eso lo hacía estremecer.
Con aprobación, su hermana le besó la frente con ternura y se alejó de él, tras de sí dejó un halo a romaní y una sensación de lo más reconfortante.
Entonces un crujido estremecedor restalló en la sala, su hermana se paró en seco, un segundo crujido, miró a ambos lados, en aquella planta de la casa colonial no tenía dónde esconderse, debería subir a las habitaciones de arriba en busca de refugio pero…
Alan vio cómo su hermana lo miraba, su expresión mutó de asustada a serena al mirarlo. La determinación propia de los primeros colonos se reflejaba en su rostro, jamás dejaría a su hermano expuesto al peligro para esconderse.
Para cuando la puerta saltó de sus bisagras, con un fuerte estruendo al chocar contra el duro suelo, la chiquilla estaba preparada para afrontar cualquier peligro.
Entraron tres hombres, el sombrero de vaquero calado junto con pañuelos al estilo indio les tapaban el rostro, chalecos de tosco cuero los cubrían por encima de sucias camisa manchadas de barro, los pantalones estaban llenos de cieno y polvo así como sus botas.
Lo único que relucía con impoluto desdén eran los revólveres que portaban, que apuntaron rápidamente a la chica plantada ante ellos.
Se miraron, el que iba delante indicó a los otros dos que exploraran la casa, probablemente en busca de otros habitantes o de una posible trampa.
Estos no tardaron en obedecer, aunque parecían más interesados en vaciar despensas y cajones de su contenido que no en buscar posibles atacantes.
Martha contemplaba el expolio de los bienes de su hogar con estoica resignación, Alan a duras penas comprendía lo que pasaba desde su sombrío escondrijo.
Cuando los otros dos se hubieron cerciorado de que no había nadie más en la casa, poco mobiliario quedaba aún de pie o en el estado en el que se encontraba antes del brutal saqueo.
El que parecía el líder de los bandidos bajó su arma y se aflojó el nudo de su pañuelo, mostrando un rostro de facciones duras, en el que destacaba una gran cicatriz que lo cruzaba en diagonal des del carrillo derecho hasta la parte izquierda de la mandíbula.
Sonrió con desdén al ver el estupor de Martha al contemplar la blanca cicatriz. Le faltaban varios dientes.
Con paso seguro se acercó a la muchacha, esta retrocedió, el miedo estaba pintado en su rostro. Durante unos segundos el hombre se desplazo hacía la derecha lentamente, luego a la izquierda, disfrutando al ver cómo la muchacha huía en dirección contraria.
Súbitamente corrió hacía ella y la estampó con brutalidad contra la pared, agarrándola con ambas manos por la garganta. El lazo era tan fuerte que la muchacha apenas podía respirar, no tardo en empezar a patalear desesperada ante la falta de oxigeno, cuando el hombre la soltó, cayó rendida al suelo, tosiendo y esforzándose por conseguir que el aire llegara a sus pulmones.
El hombre tiró de su rubia melena tan fuerte que le arrancó varios mechones, la chiquilla profirió en alaridos al tiempo que varias lágrimas le caían mejillas abajo.
La obligó a ponerse de rodillas mientras se desabrochaba el cinturón, con un macabro chasquido la hebilla del cinto chocó contra el suelo.
Martha contempló asombrada las blancas pantorrillas del hombre y el vello alrededor de sus testículos y su miembro, endurecido por la excitación.
El hombre le hizo un gesto inequívoco mientras la asía por la melena con dureza. Al principio ella no comprendió, pero cuando se dio cuenta de lo que pretendía el bandido intento apartarse, horrorizada.
Una fuerte bofetada la tumbó contra el suelo y desde allí vio acercarse la punta de la bota del hombre, una coz brutal le hizo crujir las costillas.
Si la bofetada la había dejado momentáneamente atontada, la coz la devolvió con crudeza a la realidad, el dolor era tan extremo que apenas podía pensar. A la primera coz la siguieron una segunda, una tercera, luego una cuarta.
De nuevo la tiró del pelo y la obligó a alzarse, pese a que el dolor la atormentaba hasta desear quedar inconsciente reunió aún el valor para ladear la cabeza, otra bofetada le giró el rostro, notaba el sabor de la sangre que manaba de sus dientes, sin duda se había mordido la lengua con el impacto.
Cayeron más bofetadas, una tras de otra hasta que, tras sus negativas, el bandido le aprisionó la cabeza contra la pared con una mano mientras atenazaba con el índice y el pulgar su nariz con la otra. Se estaba quedando sin aire, durante unos agónicos segundos intentó desesperadamente aguantar, dejarse morir, pero el dolor por la asfixia pudo más que su voluntad.
Abrió la boca y él le introdujo con rudeza el miembro.
Y ella deseó morir. Le destapo la nariz y le obligó a mover la cabeza, hacía delante, hacía atrás, hacía delante, hacía atrás, cuando intentó sacársela de la boca le volvió a tapar la nariz, hizo que alzara la mirada.
-Lámelo, lámelo hasta que me corra, si se te ocurre sacártelo de la boca te pego un tiro en la sien cómo he hecho con tus padres, ¿queda claro jodida zorra? -.
Ella obedeció mientras lágrimas abrasadoras manaban de sus ojos.
Al poco rato el hombre empezó a jadear, ella notaba como sus manos temblaban mientras la sostenía y su miembro empezó a palpitar.
De súbito notó su lengua húmeda y una substancia densa le abrasó la garganta, el sabor era muy fuerte y el tacto resbaladizo y pegajoso le hizo sentir nauseas.
Cuando el hombre cayó de rodillas, jadeando de placer y su boca fue liberada la muchacha tosió y escupió, vio sus manos llenas de una substancia blancuzca semitransparente y entre sollozos, empezó a vomitar de puro asco.
Para cuando acabó tiritaba y temblaba, sus miembros no la sostenían y se sentía tan confusa y desdichada que creía que se volvía loca, no comprendía qué había pasado pero se sentía sucia e indigna, sollozaba de pura incomprensión y dolor y lo peor era que aquello no había hecho más que empezar.
Los otros dos hombres se le acercaron, con un cuchillo le rajaron el vestido y mientras uno la sostenía el otro empezó a tocarla por todas partes.
La casa se llenó de gritos mientras Martha era penetrada una y otra vez.
Desde su oscuro escondrijo un niño contemplaba la escena horrorizado, mordiéndose la mano con fuerza para no gritar esta hacía mucho que sangraba. Su llanto era silencioso cómo el de un ratón pero sentía un dolor tan inmenso y lacerante que apenas podía respirar.
Uno de los hombres tendió a su hermana contra el suelo bocabajo, a escasos metros de la chimenea y empezó a abofetearle el trasero con fuerza mientras la penetraba por detrás, cada bofetada restallaba con más fuerza que la anterior y los gritos de su hermana estaban a punto de hacerlo enloquecer, de sopetón ella alzó su rostro atormentado y sus miradas se encontraron. Martha cerró los ojos de vergüenza y dolor mientras profería un grito más agudo y profundo que ninguno de los que había proferido hasta entonces.
Despertó sobresaltado. Empapado en sudor y lágrimas y jadeando cómo un poseso. Ese sueño de nuevo. Siempre ese maldito sueño.
Tiró a un lado la manta y se alzó, “si durmiera en una cama en lugar de en el jodido suelo del desierto seguro que dejaba de acosarme esta maldita pesadilla”. Sabía que no era cierto.
Para calmarse se acerco a su caballo bayo atado a un árbol no lejos de allí, el animal debió de captar su olor, pues no movió un músculo mientras le palmeaba el cuello con afecto y le acariciaba la crin.
Las lágrimas empezaron a brotar de nuevo, estaba agotado, llevaba demasiados días cabalgando bajo el sol abrasador del Oeste americano, sin más compañía ni consuelo que el de su fiel caballo y una águila americana que llevaba varios días siguiéndole. “Debe esperar a que me muera de insolación y sed… el desierto es duro, incluso las águilas tienen que recurrir a la carroña para alimentarse”.
La imagen de su hermana gritando acudió de nuevo a su mente, no había podido quitarse esa imagen de la cabeza, lo perseguía en sus pesadillas desde entonces, probablemente jamás desaparecería.
domingo, 23 de mayo de 2010
4a part de "El conte d'aquells qui no esperen res"
Aquesta història no parla d’aquells homes, dones, nens i nenes memorables que acostumen a sortir als relats d’aquesta mena, no parla d’aquesta gent que té unes característiques excepcionals, uns valors a tota prova, un enginy molt viu o un somni que vol acomplir per dur que sigui. No. Aquest relat parla de gent insatisfeta, gent amb problemes gent que es coneix i sap que no té la força per solucionar-los ell sol, gent que té debilitats i gent que no surt airós de cada situació a la que s’enfronta.
En resum aquest relat parla de nosaltres, els humans, reals, tal com som, amb les nostres debilitats i aptituds, amb els nostres valors i les nostres mentides, dites a cau d’orella als altres i encara amb més insistència a nosaltres mateixos per convèncer-nos d’alguna cosa que sabem que no és veritat.
Aquí continua la història d’allò real però desagradable, d’allò cert però estrany, aquí prossegueix el relat de les persones que no esperen res de la seva vida, les persones sense somnis.
4a part de “el conte d’aquells qui no esperen res: El soldadet de plom”
“ Tres joves es troben morts a Girona”, el titular no pot ser més contundent i concís, esta fet per captar l’atenció, encara que a una notícia tan morbosa no li fan falta de gaires estratagemes per a ser venuda.
L’home repassa la notícia amb interès, “els tres joves van ser trobats morts per ferides d’arma blanca, mostraven signes inequívocs d’haver estat agredits abans de rebre les ferides mortals...”, “segons sembla els tres joves es coneixien ja que anaven junts a l’ institut d’ensenyament secundari Santa Eugènia...”, "els cadàvers van ser trobats a les habitacions dels seus respectius domicilis, a excepció del de Jordi Tubau, trobat enmig del carrer del riu Güell...”, “els tres joves eren menors d’edat...”, “De moment no s’han trobat testimonis ni probes que esclareixin qui ha sigut el culpable d’aquest brutal homicidi però la policia confirma en trobar pistes concloents en les pròximes 24 hores...”.
El vell va somriure amb ironia, “esos inútiles no encontrarían una puta en un burdel aunque les fuera la vida en ello”. No era un comentari fruït del desconeixement, Javier Muñoz un Guarda Civil ara jubilat havia investigat (i resolt) al llarg de la seva carrera desenes de casos com aquell, durant molt de temps havia estat al capdavant de la brigada d’homicidis de la província Gironina, ara però, als seus 68 anys, l’únic que quedava d’aquella brillant faceta d’investigador era la seva afició a fullejar les notícies dels diaris.
Trobava un plaer immens en riure’s de la incompetència dels que ell batejava com “Los novatos”, és a dir els policies que ara feien la tasca que durant anys i panys havia estat la seva única obsessió, caçar delinqüents. Tenia una particular mania per els mossos d’Esquadra, “Esa panda de mocosos creídos que se creen los amos del lugar” com ell els anomenava no tan perquè considerés que estaven traient la feina als Guàrdies Civils, sinó sobretot perquè els considerava el cos més ineficient i mediocre que havia trepitjat el país des de que el “Caudillo” ens deixà, “Dios lo tenga en su gloria” va repetir-se per a si mateix per enèsima vegada.
De sobte va llançar un sospir, des de que s’havia jubilat que s’avorria terriblement, pràcticament no sortia de casa “pasear es cosa de mujeres y de viejos” y el fet d’estar tant abstret amb la seva feina l’havia portat a divorciar-se dues vegades, decidint que, al final, “Estar casado no sale a cuenta, tienes que alimentarlas y comprarles caprichos, para lo que quiero a las mujeres me salen mucho más baratas las putas” o sigui que , a excepció de les comptades vegades que els seus dos fills el visitaven, normalment es trobava sol en el seu diminut pis, situat a la quarta planta d’un cèntric edifici a la Capital Gironina.
Només hi havia una cosa que divertís realment a Javier i ara ja no podia fer-ho.
Havia estat jubilat amb honors, fins hi tot li havien concedit una medalla a l’honor commemorant la seva brillant carrera. Però si fos per ell aquella medalla se la podien fotre pel cul, l’únic que ell volia era que el deixessin caçar delinqüents fins que un d’aquells desgraciats li estampés una bala al cap i el matés , morir complint amb el deure, allò si que seria una mort de la que estar orgullós, com el seu pare que va morir dirigint un regiment contra els Republicans, una mort digna d’un home.
Va obrir la porta del seu balcó i, des de l’altura que li conferia, va posar-se a observar tot el carrer, vigilant a cada persona que passava. Com cada tarda va desitjar que algú atraqués el supermercat del davant del seu edifici. Allò seria emocionant, potser fins hi tot s’animaria a treure la pipa que encara ara tenia amagada a dins d’un test i es dedicaria a provar punteria amb l’atracador.
De sobte va sentir-se d’allò més trist mentre contemplava el carrer.
“ Deja de pensar en sandeces… y vigila la calle, vigila, en cualquier momento puede pasar un chorizo y robarle el bolso a una señora o quizás una pelea entre los gitanos de más allá… vigila… vigila… y ni se te ocurra llorar, llorar es cosa de Mariconas!”.
En resum aquest relat parla de nosaltres, els humans, reals, tal com som, amb les nostres debilitats i aptituds, amb els nostres valors i les nostres mentides, dites a cau d’orella als altres i encara amb més insistència a nosaltres mateixos per convèncer-nos d’alguna cosa que sabem que no és veritat.
Aquí continua la història d’allò real però desagradable, d’allò cert però estrany, aquí prossegueix el relat de les persones que no esperen res de la seva vida, les persones sense somnis.
4a part de “el conte d’aquells qui no esperen res: El soldadet de plom”
“ Tres joves es troben morts a Girona”, el titular no pot ser més contundent i concís, esta fet per captar l’atenció, encara que a una notícia tan morbosa no li fan falta de gaires estratagemes per a ser venuda.
L’home repassa la notícia amb interès, “els tres joves van ser trobats morts per ferides d’arma blanca, mostraven signes inequívocs d’haver estat agredits abans de rebre les ferides mortals...”, “segons sembla els tres joves es coneixien ja que anaven junts a l’ institut d’ensenyament secundari Santa Eugènia...”, "els cadàvers van ser trobats a les habitacions dels seus respectius domicilis, a excepció del de Jordi Tubau, trobat enmig del carrer del riu Güell...”, “els tres joves eren menors d’edat...”, “De moment no s’han trobat testimonis ni probes que esclareixin qui ha sigut el culpable d’aquest brutal homicidi però la policia confirma en trobar pistes concloents en les pròximes 24 hores...”.
El vell va somriure amb ironia, “esos inútiles no encontrarían una puta en un burdel aunque les fuera la vida en ello”. No era un comentari fruït del desconeixement, Javier Muñoz un Guarda Civil ara jubilat havia investigat (i resolt) al llarg de la seva carrera desenes de casos com aquell, durant molt de temps havia estat al capdavant de la brigada d’homicidis de la província Gironina, ara però, als seus 68 anys, l’únic que quedava d’aquella brillant faceta d’investigador era la seva afició a fullejar les notícies dels diaris.
Trobava un plaer immens en riure’s de la incompetència dels que ell batejava com “Los novatos”, és a dir els policies que ara feien la tasca que durant anys i panys havia estat la seva única obsessió, caçar delinqüents. Tenia una particular mania per els mossos d’Esquadra, “Esa panda de mocosos creídos que se creen los amos del lugar” com ell els anomenava no tan perquè considerés que estaven traient la feina als Guàrdies Civils, sinó sobretot perquè els considerava el cos més ineficient i mediocre que havia trepitjat el país des de que el “Caudillo” ens deixà, “Dios lo tenga en su gloria” va repetir-se per a si mateix per enèsima vegada.
De sobte va llançar un sospir, des de que s’havia jubilat que s’avorria terriblement, pràcticament no sortia de casa “pasear es cosa de mujeres y de viejos” y el fet d’estar tant abstret amb la seva feina l’havia portat a divorciar-se dues vegades, decidint que, al final, “Estar casado no sale a cuenta, tienes que alimentarlas y comprarles caprichos, para lo que quiero a las mujeres me salen mucho más baratas las putas” o sigui que , a excepció de les comptades vegades que els seus dos fills el visitaven, normalment es trobava sol en el seu diminut pis, situat a la quarta planta d’un cèntric edifici a la Capital Gironina.
Només hi havia una cosa que divertís realment a Javier i ara ja no podia fer-ho.
Havia estat jubilat amb honors, fins hi tot li havien concedit una medalla a l’honor commemorant la seva brillant carrera. Però si fos per ell aquella medalla se la podien fotre pel cul, l’únic que ell volia era que el deixessin caçar delinqüents fins que un d’aquells desgraciats li estampés una bala al cap i el matés , morir complint amb el deure, allò si que seria una mort de la que estar orgullós, com el seu pare que va morir dirigint un regiment contra els Republicans, una mort digna d’un home.
Va obrir la porta del seu balcó i, des de l’altura que li conferia, va posar-se a observar tot el carrer, vigilant a cada persona que passava. Com cada tarda va desitjar que algú atraqués el supermercat del davant del seu edifici. Allò seria emocionant, potser fins hi tot s’animaria a treure la pipa que encara ara tenia amagada a dins d’un test i es dedicaria a provar punteria amb l’atracador.
De sobte va sentir-se d’allò més trist mentre contemplava el carrer.
“ Deja de pensar en sandeces… y vigila la calle, vigila, en cualquier momento puede pasar un chorizo y robarle el bolso a una señora o quizás una pelea entre los gitanos de más allá… vigila… vigila… y ni se te ocurra llorar, llorar es cosa de Mariconas!”.
sábado, 22 de mayo de 2010
3a part de "El conte d'aquells qui no esperen res"
Aquesta història no parla d’aquells homes, dones, nens i nenes memorables que acostumen a sortir als relats d’aquesta mena, no parla d’aquesta gent que té unes característiques excepcionals, uns valors a tota prova, un enginy molt viu o un somni que vol acomplir per dur que sigui. No. Aquest relat parla de gent insatisfeta, gent amb problemes gent que es coneix i sap que no té la força per solucionar-los ell sol, gent que té debilitats i gent que no surt airós de cada situació a la que s’enfronta.
En resum aquest relat parla de nosaltres, els humans, reals, tal com som, amb les nostres debilitats i aptituds, amb els nostres valors i les nostres mentides, dites a cau d’orella als altres i encara amb més insistència a nosaltres mateixos per convèncer-nos d’alguna cosa que sabem que no és veritat.
Aquí continua la història d’allò real però desagradable, d’allò cert però estrany, aquí prossegueix el relat de les persones que no esperen res de la seva vida, les persones sense somnis.
3a part de “El conte d’aquells qui no esperen res: La bella i la bèstia"
“Bip...bip...bip,bip”. Un somriure, poder adquisitiu que passa d’una mà a una altre, “Vol tiquet?”, negativa contundent i gracieta fàcil “No li dec comptes a ningú”, riure forçat, “bosses?”, “esclar, no puc pas portar-ho tot a la mà”. Si això, agafen més, que són gratis, total només trigarà 3oo anys a biodegradar-se i deixar de fotre l’ambient. Una mala mirada, ho hauré dit en veu alta? El cert és que m’és igual si m’ha sentit. Se’n va sense acomiadar-se, ara ja té el que vol.
“Bip...bip...bip”, de nou. Un somriure, poder adquisitiu que passa d’una mà a una altre, “Vol tiquet?” , negativa contundent i gracieta fàcil “No li dec comptes a ningú”... “Bip...Bip...bip”. Un somriure, poder adquisitiu que passa d’una mà a una altre, “Vol tiquet?”... “Bip... bip... bip”, ja no sóc capaç de somriure, millor no forçar-ho, quan forço el somriure semblo un maníac.
Sento com em passa la vida en aquella caixa, com cada segon passat al costat d’aquella cinta em converteix més en una peça de la maquinaria de consum, no sóc sinó un engranatge més, un xip. Ara passa magdalenes per el làser, ara fregalls, ara marca el codi del pa, ara el dels préssecs, i el “bip, bip” va ressonant en el meu cap, perforant-me el cervell amb la lentitud i la constància amb la que ,gota a gota, es formen les estalagmites.
Aquest so que resulta per mi tant terrible i feridor com el xerric de la dalla de la Mort quan aquesta l’afila, segurament la mort troba tan tediosa aquesta feina com jo la meva.
- David, et toca anar a esmorzar.-. El to és sec, totalment indiferent, acabo d’atendre el client i em giro, encara que ja sé qui és l’home que s’ha adreçat a mi. És en Carlos té un any més que jo però va començar a treballar tres mesos abans i ara és encarregat.
Ni tan sols li dirigeixo la paraula, cap ho manifesta obertament però el seu to sempre m’indica que em menysprea i que si fos per ell jo ni tan sol hauria d’existir. És terriblement petulant i a sobre mediocre, l’odio amb tota la meva ànima.
Només disposo de quinze minuts per a descansar i tampoc tinc massa gana, em decideixo per agafar alguna peça de fruita de l’estant, “Pera o préssec?... Poma”, decidit m’ajupo per a recollir la verdosa esfera.
- Perdona, no trobo les espelmes d’aniversari... què no en teniu?-. Tot el meu cos s’enrigideix de sobte, la veu que he sentit a la meva esquena és inconfusible.
Ni tan sols sóc capaç d’alçar-me, l’únic moviment que aconsegueixo de fer és aixecar el rostre. Al meu davant el mirall de l’estant em torna el meu reflex, envoltat de fruites de tots els colors i formes, d’una maduresa que ratlla ja la podridura.
Però darrere meu l’espill em torna una imatge que em fa oblidar del tot l’estat de les fruites. Ella. Es troba al darrere però ni el pintor més maldestre podria aconseguir que fos una imatge de fons, ella sempre és protagonista, perquè brilla amb llum pròpia, perquè és ella , perquè el seu rostre obligaria a qualsevol que presenciés el quadre a quedar-se captivat observant-la, ignorant la resta de la composició perquè d’una forma fonamental i indiscutible i, per sobre de tot, ella en si mateixa és art.
I jo miro el seu reflex i desitjo de tot cor continuar mirant-la i, alhora, desitjaria ésser en qualsevol altre lloc menys allà.
A poc a poc em vaig dreçant, però sóc objecte d’una paràlisis evident i una tremolor incontrolable. No ho puc evitar, no sóc ni tan sols capaç de mirar-la, em limito a contemplar el seu reflex amb una expressió inescrutable, fosca, amarga.
Ella segueix la meva mirada amb curiositat i veu el nostre reflex en el vidre, somriu encantada en veure’s envoltada de tant color fruital, però aleshores veu el meu rostre i l’expressió li canvia, primer sembla confosa i després una mica nerviosa, probablement pensant si m’ha dit quelcom d’inadequat que expliqui la meva rigidesa i la duresa de la meva expressió.
- Què... què et trobes bé?-. M’acaba preguntant amb veu suau i sol•licita. Jo responc amb un silenci, sempre és així, mai sóc capaç de parlar-hi, des de que ve al supermercat que l’admiro en la distància, però sempre m’oculto o desvio la mirada quan és a prop meu, simplement, no sóc capaç d’estar a prop d’ella, la desitjo massa i em sé massa inferior com per aconseguir-la.
M’està mirant cada cop més preocupada i no tinc més remei que girar-me, per fer-ho haig de reunir tot el meu autocontrol.
- Es...estic bé.- Ella torna a somriure, però és un somriure lleu la meva expressió no s’ha suavitzat ni una mica i probablement l’estic incomodant.
- Segur que estàs bé? -. Mutisme
- Bé... si tu ho dius, et preguntava si teniu espelmes d’aniversari...-. Fa estona que estic transpirant i tot jo tremolo, estic massa nerviós.
Desitjo amb tot el cor que ella se’n vagi, que no em miri més amb aquella mirada de subtil preocupació que em demostra que sóc un imbècil i em comporto davant d’ella com a tal i ,alhora, sé que quan hagi desaparegut em sentiré trist com mai i l’únic que em farà sobreviure un dia més serà la possibilitat de que l’endemà ella torni entrar al supermercat i la vegi de nou.
- Si, si que tenim espelmes d’aniversari.- Una veu encantadora amb accent sud-americà respon per mi. En Carlos, em giro i veig que adreça a la noia un somriure encísador, sota el qual s’amaga una ànsia depredadora, una voluntat d’aconseguir un nou trofeu que falta a la seva col•lecció. – Amb molt de gust t’ensenyaré a on son.-La noia somriu encantada i es deixa acompanyar. Mentre la guia li posa una mà als lumbars i li somriu encantador com si no passés res. Ella li retorna el somriure.
Jo, que fins fa poc sentia com se’m retorçaven els budells, m’adono que ara , literalment, no noto res. M’he quedat completament buit, en el sentit més franc i dolorós de la paraula. El meu cos es mou sol, com un autòmat, i em força a sortir del supermercat i a mastegar mecànicament una poma.
Però alguna cosa m’obliga a girar-me un últim cop i contemplar-la, veig com ella ,ja amb les espelmes, es dirigeix a la caixa però mira aquí i allà com si busqués alguna altra cosa o a algú. Es gira cap a en Carlos i li fa una pregunta que jo no sento, ell somriu i fa un gest amb la mà que indica a la noia que no s’ha de preocupar per res, al que afegeix amb to jocós: “No et preocupis per ell, esta sonat”.
Riu per els descosits del seu propi comentari i ella somriu educadament i fins i tot fa una petita riallada contagiada per el riure musical del noi.
Decideixo que ja he vist prou, mentre mastego la poma m’allunyo carrer enllà, aprofitant el temps de descans que segurament ja he exhaurit de sobres, tan hi fa, és més que evident que en Carlos no em trobarà a faltar.
Sento una ira com no l’he sentida mai, tinc ganes de plorar però sobretot tinc ganes de fer mal, molt mal. Odio en Carlos encara més si això és possible i sé que el mataria sense dubtar-ho... però no ho puc fer se’m podria relacionar massa fàcilment amb el crim. Però ell no és l’únic indesitjable a prop, per sort Girona és una ciutat i com a totes les ciutats la mala gent corre per tot arreu infestant els carrers com un verí. Un verí que jo m’encarrego de purgar tan sovint com puc i m’abelleix de fer-ho.
De sobte noto les galtes humides, plou? No, estic plorant, que estrany... fa anys que no ploro, és una sensació curiosa, la gola em fa tant de mal que sembla que m’hagi de rebentar però no emeto cap so, em limito a rajar llàgrimes amb tanta intensitat que semblo una font inacabable, gota a gota aquell plor em comprimeix més el coll i, com que no crido, també els pulmons comencen a funcionar amb dificultat. M’ofego i el pit em fa mal, noto com si em clavessin ganivetades al cor, una rere l’altre, desitjo que aquestes fiblades em matin... però sé que no es pot morir de frustració i probablement tampoc moriré dessagnat a causa del desamor, malgrat que pagaria el que fos perquè el meu cor deixés de bategar... potser així no em faria tan de mal.
Després de passar la resta de la jornada al supermercat, on el silenci era encara més tens que habitualment, probablement en Carlos percebia la meva hostilitat; he decidit agafar el bus per anar cap a casa, m’he assegut al darrere de tot i he esperat, a la segona parada han entrat tres joves vestits amb samarretes curtes i pantalons amples, dos d’ells portaven gorres tirades cap a un costat de la cara. Les samarretes els anaven molt estretes i els poderosos músculs se’ls marcaven sota el teixit, probablement anaven habitualment al gimnàs.
Veig en ells uns candidats en potència i durant una estona els observo, al cap de poc temps els llavis se’m corben en un somriure de pur menyspreu.
Des de que han entrat han començat a escoltar música amb els mòbils a tot drap i xerren fort, fent gala d’una mala educació i d’una estupidesa considerables. Una senyora gran els hi demana siusplau si poden afluixar la música, que té una lesió al timpà i li molesten els soroll forts. Ells se’n riuen i l’envien a passeig, durant la resta del viatge es dediquen a burlar-se de la pobre senyora, que quan baixa respira amb dificultat, probablement angoixada per la situació que ha viscut.
Si, definitivament he trobat la classe d’escòria que no hauria d’existir i, si, decideixo que és hora de fer de la meva ira quelcom constructiu per a la societat.
Baixo a la mateixa parada que ells i els segueixo discretament, per sort es van aturant a les respectives cases al cap de poca estona. Ja sé a on viuen.
Torno a casa i espero a que es faci de nit, aleshores em vesteixo amb una samarreta curta de color negre i una sudadera amb caputxa del mateix color, a joc amb un buf que m’oculta parcialment el rostre i uns pantalons i unes bambes negres. Agafo la motxilla on porto habitualment tot el que necessito per les nits com aquella.
A les tres de la matinada surto silenciosament del pis. No tornaré fins a l’alba.
En resum aquest relat parla de nosaltres, els humans, reals, tal com som, amb les nostres debilitats i aptituds, amb els nostres valors i les nostres mentides, dites a cau d’orella als altres i encara amb més insistència a nosaltres mateixos per convèncer-nos d’alguna cosa que sabem que no és veritat.
Aquí continua la història d’allò real però desagradable, d’allò cert però estrany, aquí prossegueix el relat de les persones que no esperen res de la seva vida, les persones sense somnis.
3a part de “El conte d’aquells qui no esperen res: La bella i la bèstia"
“Bip...bip...bip,bip”. Un somriure, poder adquisitiu que passa d’una mà a una altre, “Vol tiquet?”, negativa contundent i gracieta fàcil “No li dec comptes a ningú”, riure forçat, “bosses?”, “esclar, no puc pas portar-ho tot a la mà”. Si això, agafen més, que són gratis, total només trigarà 3oo anys a biodegradar-se i deixar de fotre l’ambient. Una mala mirada, ho hauré dit en veu alta? El cert és que m’és igual si m’ha sentit. Se’n va sense acomiadar-se, ara ja té el que vol.
“Bip...bip...bip”, de nou. Un somriure, poder adquisitiu que passa d’una mà a una altre, “Vol tiquet?” , negativa contundent i gracieta fàcil “No li dec comptes a ningú”... “Bip...Bip...bip”. Un somriure, poder adquisitiu que passa d’una mà a una altre, “Vol tiquet?”... “Bip... bip... bip”, ja no sóc capaç de somriure, millor no forçar-ho, quan forço el somriure semblo un maníac.
Sento com em passa la vida en aquella caixa, com cada segon passat al costat d’aquella cinta em converteix més en una peça de la maquinaria de consum, no sóc sinó un engranatge més, un xip. Ara passa magdalenes per el làser, ara fregalls, ara marca el codi del pa, ara el dels préssecs, i el “bip, bip” va ressonant en el meu cap, perforant-me el cervell amb la lentitud i la constància amb la que ,gota a gota, es formen les estalagmites.
Aquest so que resulta per mi tant terrible i feridor com el xerric de la dalla de la Mort quan aquesta l’afila, segurament la mort troba tan tediosa aquesta feina com jo la meva.
- David, et toca anar a esmorzar.-. El to és sec, totalment indiferent, acabo d’atendre el client i em giro, encara que ja sé qui és l’home que s’ha adreçat a mi. És en Carlos té un any més que jo però va començar a treballar tres mesos abans i ara és encarregat.
Ni tan sols li dirigeixo la paraula, cap ho manifesta obertament però el seu to sempre m’indica que em menysprea i que si fos per ell jo ni tan sol hauria d’existir. És terriblement petulant i a sobre mediocre, l’odio amb tota la meva ànima.
Només disposo de quinze minuts per a descansar i tampoc tinc massa gana, em decideixo per agafar alguna peça de fruita de l’estant, “Pera o préssec?... Poma”, decidit m’ajupo per a recollir la verdosa esfera.
- Perdona, no trobo les espelmes d’aniversari... què no en teniu?-. Tot el meu cos s’enrigideix de sobte, la veu que he sentit a la meva esquena és inconfusible.
Ni tan sols sóc capaç d’alçar-me, l’únic moviment que aconsegueixo de fer és aixecar el rostre. Al meu davant el mirall de l’estant em torna el meu reflex, envoltat de fruites de tots els colors i formes, d’una maduresa que ratlla ja la podridura.
Però darrere meu l’espill em torna una imatge que em fa oblidar del tot l’estat de les fruites. Ella. Es troba al darrere però ni el pintor més maldestre podria aconseguir que fos una imatge de fons, ella sempre és protagonista, perquè brilla amb llum pròpia, perquè és ella , perquè el seu rostre obligaria a qualsevol que presenciés el quadre a quedar-se captivat observant-la, ignorant la resta de la composició perquè d’una forma fonamental i indiscutible i, per sobre de tot, ella en si mateixa és art.
I jo miro el seu reflex i desitjo de tot cor continuar mirant-la i, alhora, desitjaria ésser en qualsevol altre lloc menys allà.
A poc a poc em vaig dreçant, però sóc objecte d’una paràlisis evident i una tremolor incontrolable. No ho puc evitar, no sóc ni tan sols capaç de mirar-la, em limito a contemplar el seu reflex amb una expressió inescrutable, fosca, amarga.
Ella segueix la meva mirada amb curiositat i veu el nostre reflex en el vidre, somriu encantada en veure’s envoltada de tant color fruital, però aleshores veu el meu rostre i l’expressió li canvia, primer sembla confosa i després una mica nerviosa, probablement pensant si m’ha dit quelcom d’inadequat que expliqui la meva rigidesa i la duresa de la meva expressió.
- Què... què et trobes bé?-. M’acaba preguntant amb veu suau i sol•licita. Jo responc amb un silenci, sempre és així, mai sóc capaç de parlar-hi, des de que ve al supermercat que l’admiro en la distància, però sempre m’oculto o desvio la mirada quan és a prop meu, simplement, no sóc capaç d’estar a prop d’ella, la desitjo massa i em sé massa inferior com per aconseguir-la.
M’està mirant cada cop més preocupada i no tinc més remei que girar-me, per fer-ho haig de reunir tot el meu autocontrol.
- Es...estic bé.- Ella torna a somriure, però és un somriure lleu la meva expressió no s’ha suavitzat ni una mica i probablement l’estic incomodant.
- Segur que estàs bé? -. Mutisme
- Bé... si tu ho dius, et preguntava si teniu espelmes d’aniversari...-. Fa estona que estic transpirant i tot jo tremolo, estic massa nerviós.
Desitjo amb tot el cor que ella se’n vagi, que no em miri més amb aquella mirada de subtil preocupació que em demostra que sóc un imbècil i em comporto davant d’ella com a tal i ,alhora, sé que quan hagi desaparegut em sentiré trist com mai i l’únic que em farà sobreviure un dia més serà la possibilitat de que l’endemà ella torni entrar al supermercat i la vegi de nou.
- Si, si que tenim espelmes d’aniversari.- Una veu encantadora amb accent sud-americà respon per mi. En Carlos, em giro i veig que adreça a la noia un somriure encísador, sota el qual s’amaga una ànsia depredadora, una voluntat d’aconseguir un nou trofeu que falta a la seva col•lecció. – Amb molt de gust t’ensenyaré a on son.-La noia somriu encantada i es deixa acompanyar. Mentre la guia li posa una mà als lumbars i li somriu encantador com si no passés res. Ella li retorna el somriure.
Jo, que fins fa poc sentia com se’m retorçaven els budells, m’adono que ara , literalment, no noto res. M’he quedat completament buit, en el sentit més franc i dolorós de la paraula. El meu cos es mou sol, com un autòmat, i em força a sortir del supermercat i a mastegar mecànicament una poma.
Però alguna cosa m’obliga a girar-me un últim cop i contemplar-la, veig com ella ,ja amb les espelmes, es dirigeix a la caixa però mira aquí i allà com si busqués alguna altra cosa o a algú. Es gira cap a en Carlos i li fa una pregunta que jo no sento, ell somriu i fa un gest amb la mà que indica a la noia que no s’ha de preocupar per res, al que afegeix amb to jocós: “No et preocupis per ell, esta sonat”.
Riu per els descosits del seu propi comentari i ella somriu educadament i fins i tot fa una petita riallada contagiada per el riure musical del noi.
Decideixo que ja he vist prou, mentre mastego la poma m’allunyo carrer enllà, aprofitant el temps de descans que segurament ja he exhaurit de sobres, tan hi fa, és més que evident que en Carlos no em trobarà a faltar.
Sento una ira com no l’he sentida mai, tinc ganes de plorar però sobretot tinc ganes de fer mal, molt mal. Odio en Carlos encara més si això és possible i sé que el mataria sense dubtar-ho... però no ho puc fer se’m podria relacionar massa fàcilment amb el crim. Però ell no és l’únic indesitjable a prop, per sort Girona és una ciutat i com a totes les ciutats la mala gent corre per tot arreu infestant els carrers com un verí. Un verí que jo m’encarrego de purgar tan sovint com puc i m’abelleix de fer-ho.
De sobte noto les galtes humides, plou? No, estic plorant, que estrany... fa anys que no ploro, és una sensació curiosa, la gola em fa tant de mal que sembla que m’hagi de rebentar però no emeto cap so, em limito a rajar llàgrimes amb tanta intensitat que semblo una font inacabable, gota a gota aquell plor em comprimeix més el coll i, com que no crido, també els pulmons comencen a funcionar amb dificultat. M’ofego i el pit em fa mal, noto com si em clavessin ganivetades al cor, una rere l’altre, desitjo que aquestes fiblades em matin... però sé que no es pot morir de frustració i probablement tampoc moriré dessagnat a causa del desamor, malgrat que pagaria el que fos perquè el meu cor deixés de bategar... potser així no em faria tan de mal.
Després de passar la resta de la jornada al supermercat, on el silenci era encara més tens que habitualment, probablement en Carlos percebia la meva hostilitat; he decidit agafar el bus per anar cap a casa, m’he assegut al darrere de tot i he esperat, a la segona parada han entrat tres joves vestits amb samarretes curtes i pantalons amples, dos d’ells portaven gorres tirades cap a un costat de la cara. Les samarretes els anaven molt estretes i els poderosos músculs se’ls marcaven sota el teixit, probablement anaven habitualment al gimnàs.
Veig en ells uns candidats en potència i durant una estona els observo, al cap de poc temps els llavis se’m corben en un somriure de pur menyspreu.
Des de que han entrat han començat a escoltar música amb els mòbils a tot drap i xerren fort, fent gala d’una mala educació i d’una estupidesa considerables. Una senyora gran els hi demana siusplau si poden afluixar la música, que té una lesió al timpà i li molesten els soroll forts. Ells se’n riuen i l’envien a passeig, durant la resta del viatge es dediquen a burlar-se de la pobre senyora, que quan baixa respira amb dificultat, probablement angoixada per la situació que ha viscut.
Si, definitivament he trobat la classe d’escòria que no hauria d’existir i, si, decideixo que és hora de fer de la meva ira quelcom constructiu per a la societat.
Baixo a la mateixa parada que ells i els segueixo discretament, per sort es van aturant a les respectives cases al cap de poca estona. Ja sé a on viuen.
Torno a casa i espero a que es faci de nit, aleshores em vesteixo amb una samarreta curta de color negre i una sudadera amb caputxa del mateix color, a joc amb un buf que m’oculta parcialment el rostre i uns pantalons i unes bambes negres. Agafo la motxilla on porto habitualment tot el que necessito per les nits com aquella.
A les tres de la matinada surto silenciosament del pis. No tornaré fins a l’alba.
martes, 18 de mayo de 2010
Caida de Dioses. Capítulo 3
- Cargad los caballos más deprisa patanes! -. El rugido del capitán de la guardia hizo que uno de los animales se encabritara i desestabilizara momentáneamente la estructura, Darric y yo nos abalanzamos sobre la palanca para mantener el aparejo lo mas quieto posible. Cuando el animal se calmó y las maderas que lo sostenían parecían haberse estabilizado soltamos lentamente la palanca, asiendo lentamente los mandos, poco a poco el animal fue desapareciendo de nuestro campo de visión, adentrándose en las profundidades de la garganta.
- Podéis ir frenando… casi a llegado abajo.- Lur estaba asomado al borde del acantilado, vigilando el descenso del montacargas. Taïs y Jarod junto con la mayoría de las huestes de Lord Faris se encontraban en el interior del profundo abismo, encargándose de bajar a los animales de los señores y preparando el campo de batalla.
A lo largo del abismo se habían construido dos docenas más de grúas como la que manejábamos, hechas de maderas nobles y resistente cordaje varias decenas de soldados se encargaban de cargar el material del campamento en las estructuras y bajarlo hasta el fondo de la garganta donde otros tantos preparaban todo lo necesario para el combate.
Llevábamos desde las seis de la mañana dedicados a esta ardua labor, era preciso que todos los hombres estuvieran armados y preparados para combatir antes de que el sol estuviera en lo más alto del cielo.
Pese a que no habíamos dormido el trabajo avanzaba a muy buen ritmo, todos sabíamos lo que nos jugábamos en aquella batalla, nada podía fallar pues de nuestra preparación dependía no solo nuestras vidas también las vidas de millares de personas que poblaban “La Brecha”.
Con un sonido seco, la plataforma del montacargas llego de nuevo, mientras Darric aseguraba la palanca, yo me gire hacía Tom, el Capitán de la guardia de Lord Faris, para que nos dijera que caballos habíamos de cargar ahora. Lo vi con la rodilla izquierda hincada en el suelo y el rostro hacía el suelo y durante un momento no entendí el porqué de su postura, entonces una voz profunda y templada me sorprendió a mi diestra:
- ¿Cómo avanza el trabajo? -. Ladeé la cabeza sorprendido y contemplé a dos hombres encima de los caballos más portentosos que había visto en mi vida.
El primero un enorme semental blanco como la nieve, tenía un andar esbelto y grácil, su postura era la imagen de la nobleza y su larga crin reflejaba la luz solar, provocando bellos juegos de luces a su paso, era la viva imagen de la belleza. El segundo era un robusto caballo bayo, sus fuertes patas auguraban una notable velocidad en combate y una potencia sin par en la carga, de súbito reconocí a aquel caballo se llamaba Yagir y era el caballo de Lord Wilard Faris.
Cómo un idiota alcé el rostro y vi a mi Señor ataviado con un jubón morado con el águila Dorada de los Faris cosida al pecho, una capa con los colores de su casa se balanceaba a sus espaldas mecida por el viento y a su lado estaba ni más ni menos que Lord Kairium, ataviado con una casaca de terciopelo azul oscuro con la luna ,símbolo de su casa, estampada en el pecho con hilo de plata, lucía una capa de seda plateada atada a los hombros por un broche con el símbolo del Dios tzrail.
Hinque mi rodilla en el suelo con tanta premura que alce una nube de polvo a mí alrededor.
Los dos Lores se echaron a reír.
- El trabajo avanza a buen ritmo mi Señor, pero si lo deseáis podemos acelerar aún más el ritmo…-.
- No hace falta Tom, no hace falta, aún quedan horas para la llegada de Lord Regis…-. La profunda voz de Lord Wilard siempre me traía una extraña calma. – No hace falta fatigar a nuestros valientes guerreros antes del combate… ¿no opinas lo mismo soldado? -.
Alcé el rostro unos instantes:
- Si, mi Señor.-. Lord Wilard sonrió, su rostro de facciones anguladas transmitía una gran fuerza y su pelo castaño tan solo tenía unas hebras plateadas pese a sus noventa y cinco años de existencia. Entonces una voz suave, como de terciopelo preguntó:
- Tu Señor me ha dicho que llevas más de diez años combatiendo a su servicio, ¿es correcto?-. Por un fugaz instante dirigí la mirada al rostro de Lord Kairium, pero desvié mi vista al suelo inmediatamente. Nunca había visto tan de cerca al gran Lord y si su voz me sorprendió por su suavidad no menos impactante era su rostro, nada en él indicaba que tuviera casi sesenta y cuatro años, si había algún símbolo de vejez en los Lores Sangredivina sexagenarios que había conocido hasta entonces desaparecía por completo en el rostro de aquel Señor de Sangre Pura. Su pelo rubio caía en cascada hasta sus hombros y su piel blanca contrastaba con el azul de sus ojos, sus facciones eran finas y afiladas, casi aquilinas. No aparentaba más de veinte años .
- Si, mi Señor, llevo diez años y nueve meses al servicio de la Gran Casa de los Faris.-.
- ¿Han sido unos buenos años?-.
- Si… si mi Señor, pese a la dureza de los combates librados, siempre me he sentido orgullosos y feliz de pertenecer a la noble hueste de Lord Faris.-. Respondí, algo confuso por la pregunta, “¿a dónde quiere llegar?”.
- Me alegro, Lord Faris me ha comentado lo orgulloso que tu Capitán Tom Arril , aquí presente, se siente de ti; afirma que eres un fiero luchador y un gran corredor, es cierto? -. Los halagos del Capitán me tomaron desprevenido, hasta lo que yo sabía Tom Arril sólo hablaba de sus hombres en términos como “Panda de haraganes” o “Ese sucio montón de escoria”. Aún turbado por lo súbito de los halagos respondí sin pensar:
- Soy el más rápido de todo el ejército y un buen soldado -. Inmediatamente me callé, sorprendido de mi propia pedantería. Por el contrario Lord Kairium se limitó a asentir con aprobación.
- Bien, entonces eres el hombre que necesito… tengo una misión para ti. Si la cumples cómo se espera de ti te aseguro que me encargaré de que se te promueva a escudero de alguno de los grandes Lores.- No sabía que decir, todo aquello me estaba tomando por sorpresa, lo único que sabía con certeza era que nunca podría negarme a una misión encomendada por un miembro de la Casa Lunar, hubiera recompensa o no de por medio, estaba obligado a bajar y subir siete veces el infierno y traerle la cabeza del Diablo si así me lo pedía.
- Sea cual sea vuestra voluntad mi Señor, la cumpliré.-
Lord Faris sonrió orgulloso:
- Te dije que era el hombre que necesitabas, lord Kairium.- El Lord se limitó a asentir con serio ademan.
- Esto es lo que quiero que hagas, vas a…-. Un estruendo como el de una montaña al desmoronarse resonó por todo el campamento. Todos nos giramos al unísono.
- ¿Qué ha sido eso? -. Preguntó Lord Faris mientras intentaba controlar a su caballo que relinchaba nervioso.
- Viene del otro lado del campamento! -. Gritó Tom Arril. Sin mediar palabra Lord Kairium hizo girar a su poderosa montura y cruzó el campo lleno de tiendas al galope, Lord Faris lo siguió y Tom y Darric. Yo reaccioné tarde, pero aún así era más rápido que lo demás y logré adelantarlos. Esquivando varias tiendas a medio desmontar y algún que otro resto de hoguera llegué al final del campamento, junto a miles de soldados y caballeros que también habían corrido hasta allí atraídos por el estruendo.
Al frente de todos estaban Lord Faris y Lord Kairium divisando desde la altura de sus nobles monturas el campo que se extendía centenares de metros en la otrora orilla oriental del río Iris.
Una nube de polvo enorme se divisaba a lo lejos, tuve que forzar mucho la vista hasta que pude distinguir a los pies de la polvareda algunos jinetes, pasados unos segundos incluso pude distinguir los colores del primeros de ellos. Una figura plateada sobre campo Verde y negro.
- ¿Lord Regis? -. Susurré atónito.
Una suave voz aterciopelada me respondió, con tono sombrío.
- Si, y no viene sólo. -. Lord Kairium desenvainó su espada y se giró hacía todos los guerreros congregados a sus espaldas. – Preparaos, cargaremos contra ellos -.
Algunos murmullos incrédulos sonaron entre la multitud, yo dije perplejo:
- ¿Cargar contra Lord Regis? -. El Lord se limitó a señalar hacía la nube de polvo con la espada.
Se oyó otro estruendo formidable, procedente del interior de la nube y, súbitamente una enorme cabeza asomó de ella, varios metros por encima del suelo.
Un rugido ensordecedor hirió el aire y nuestros oídos. Dos cabezas más salieron del interior de la nube, seguidas de cuerpos semejantes a montañas en movimiento.
- Mizratz -. Esa palabra recorrió el campamento como un clamor atemorizado.
Lord Kairium se giró hacía el ejército:
- Venganza -.
- Podéis ir frenando… casi a llegado abajo.- Lur estaba asomado al borde del acantilado, vigilando el descenso del montacargas. Taïs y Jarod junto con la mayoría de las huestes de Lord Faris se encontraban en el interior del profundo abismo, encargándose de bajar a los animales de los señores y preparando el campo de batalla.
A lo largo del abismo se habían construido dos docenas más de grúas como la que manejábamos, hechas de maderas nobles y resistente cordaje varias decenas de soldados se encargaban de cargar el material del campamento en las estructuras y bajarlo hasta el fondo de la garganta donde otros tantos preparaban todo lo necesario para el combate.
Llevábamos desde las seis de la mañana dedicados a esta ardua labor, era preciso que todos los hombres estuvieran armados y preparados para combatir antes de que el sol estuviera en lo más alto del cielo.
Pese a que no habíamos dormido el trabajo avanzaba a muy buen ritmo, todos sabíamos lo que nos jugábamos en aquella batalla, nada podía fallar pues de nuestra preparación dependía no solo nuestras vidas también las vidas de millares de personas que poblaban “La Brecha”.
Con un sonido seco, la plataforma del montacargas llego de nuevo, mientras Darric aseguraba la palanca, yo me gire hacía Tom, el Capitán de la guardia de Lord Faris, para que nos dijera que caballos habíamos de cargar ahora. Lo vi con la rodilla izquierda hincada en el suelo y el rostro hacía el suelo y durante un momento no entendí el porqué de su postura, entonces una voz profunda y templada me sorprendió a mi diestra:
- ¿Cómo avanza el trabajo? -. Ladeé la cabeza sorprendido y contemplé a dos hombres encima de los caballos más portentosos que había visto en mi vida.
El primero un enorme semental blanco como la nieve, tenía un andar esbelto y grácil, su postura era la imagen de la nobleza y su larga crin reflejaba la luz solar, provocando bellos juegos de luces a su paso, era la viva imagen de la belleza. El segundo era un robusto caballo bayo, sus fuertes patas auguraban una notable velocidad en combate y una potencia sin par en la carga, de súbito reconocí a aquel caballo se llamaba Yagir y era el caballo de Lord Wilard Faris.
Cómo un idiota alcé el rostro y vi a mi Señor ataviado con un jubón morado con el águila Dorada de los Faris cosida al pecho, una capa con los colores de su casa se balanceaba a sus espaldas mecida por el viento y a su lado estaba ni más ni menos que Lord Kairium, ataviado con una casaca de terciopelo azul oscuro con la luna ,símbolo de su casa, estampada en el pecho con hilo de plata, lucía una capa de seda plateada atada a los hombros por un broche con el símbolo del Dios tzrail.
Hinque mi rodilla en el suelo con tanta premura que alce una nube de polvo a mí alrededor.
Los dos Lores se echaron a reír.
- El trabajo avanza a buen ritmo mi Señor, pero si lo deseáis podemos acelerar aún más el ritmo…-.
- No hace falta Tom, no hace falta, aún quedan horas para la llegada de Lord Regis…-. La profunda voz de Lord Wilard siempre me traía una extraña calma. – No hace falta fatigar a nuestros valientes guerreros antes del combate… ¿no opinas lo mismo soldado? -.
Alcé el rostro unos instantes:
- Si, mi Señor.-. Lord Wilard sonrió, su rostro de facciones anguladas transmitía una gran fuerza y su pelo castaño tan solo tenía unas hebras plateadas pese a sus noventa y cinco años de existencia. Entonces una voz suave, como de terciopelo preguntó:
- Tu Señor me ha dicho que llevas más de diez años combatiendo a su servicio, ¿es correcto?-. Por un fugaz instante dirigí la mirada al rostro de Lord Kairium, pero desvié mi vista al suelo inmediatamente. Nunca había visto tan de cerca al gran Lord y si su voz me sorprendió por su suavidad no menos impactante era su rostro, nada en él indicaba que tuviera casi sesenta y cuatro años, si había algún símbolo de vejez en los Lores Sangredivina sexagenarios que había conocido hasta entonces desaparecía por completo en el rostro de aquel Señor de Sangre Pura. Su pelo rubio caía en cascada hasta sus hombros y su piel blanca contrastaba con el azul de sus ojos, sus facciones eran finas y afiladas, casi aquilinas. No aparentaba más de veinte años .
- Si, mi Señor, llevo diez años y nueve meses al servicio de la Gran Casa de los Faris.-.
- ¿Han sido unos buenos años?-.
- Si… si mi Señor, pese a la dureza de los combates librados, siempre me he sentido orgullosos y feliz de pertenecer a la noble hueste de Lord Faris.-. Respondí, algo confuso por la pregunta, “¿a dónde quiere llegar?”.
- Me alegro, Lord Faris me ha comentado lo orgulloso que tu Capitán Tom Arril , aquí presente, se siente de ti; afirma que eres un fiero luchador y un gran corredor, es cierto? -. Los halagos del Capitán me tomaron desprevenido, hasta lo que yo sabía Tom Arril sólo hablaba de sus hombres en términos como “Panda de haraganes” o “Ese sucio montón de escoria”. Aún turbado por lo súbito de los halagos respondí sin pensar:
- Soy el más rápido de todo el ejército y un buen soldado -. Inmediatamente me callé, sorprendido de mi propia pedantería. Por el contrario Lord Kairium se limitó a asentir con aprobación.
- Bien, entonces eres el hombre que necesito… tengo una misión para ti. Si la cumples cómo se espera de ti te aseguro que me encargaré de que se te promueva a escudero de alguno de los grandes Lores.- No sabía que decir, todo aquello me estaba tomando por sorpresa, lo único que sabía con certeza era que nunca podría negarme a una misión encomendada por un miembro de la Casa Lunar, hubiera recompensa o no de por medio, estaba obligado a bajar y subir siete veces el infierno y traerle la cabeza del Diablo si así me lo pedía.
- Sea cual sea vuestra voluntad mi Señor, la cumpliré.-
Lord Faris sonrió orgulloso:
- Te dije que era el hombre que necesitabas, lord Kairium.- El Lord se limitó a asentir con serio ademan.
- Esto es lo que quiero que hagas, vas a…-. Un estruendo como el de una montaña al desmoronarse resonó por todo el campamento. Todos nos giramos al unísono.
- ¿Qué ha sido eso? -. Preguntó Lord Faris mientras intentaba controlar a su caballo que relinchaba nervioso.
- Viene del otro lado del campamento! -. Gritó Tom Arril. Sin mediar palabra Lord Kairium hizo girar a su poderosa montura y cruzó el campo lleno de tiendas al galope, Lord Faris lo siguió y Tom y Darric. Yo reaccioné tarde, pero aún así era más rápido que lo demás y logré adelantarlos. Esquivando varias tiendas a medio desmontar y algún que otro resto de hoguera llegué al final del campamento, junto a miles de soldados y caballeros que también habían corrido hasta allí atraídos por el estruendo.
Al frente de todos estaban Lord Faris y Lord Kairium divisando desde la altura de sus nobles monturas el campo que se extendía centenares de metros en la otrora orilla oriental del río Iris.
Una nube de polvo enorme se divisaba a lo lejos, tuve que forzar mucho la vista hasta que pude distinguir a los pies de la polvareda algunos jinetes, pasados unos segundos incluso pude distinguir los colores del primeros de ellos. Una figura plateada sobre campo Verde y negro.
- ¿Lord Regis? -. Susurré atónito.
Una suave voz aterciopelada me respondió, con tono sombrío.
- Si, y no viene sólo. -. Lord Kairium desenvainó su espada y se giró hacía todos los guerreros congregados a sus espaldas. – Preparaos, cargaremos contra ellos -.
Algunos murmullos incrédulos sonaron entre la multitud, yo dije perplejo:
- ¿Cargar contra Lord Regis? -. El Lord se limitó a señalar hacía la nube de polvo con la espada.
Se oyó otro estruendo formidable, procedente del interior de la nube y, súbitamente una enorme cabeza asomó de ella, varios metros por encima del suelo.
Un rugido ensordecedor hirió el aire y nuestros oídos. Dos cabezas más salieron del interior de la nube, seguidas de cuerpos semejantes a montañas en movimiento.
- Mizratz -. Esa palabra recorrió el campamento como un clamor atemorizado.
Lord Kairium se giró hacía el ejército:
- Venganza -.
lunes, 17 de mayo de 2010
Caída de Dioses. Capítulo 2
- Maldito bastardo, como has podido sacar las tres damas con 4 dados! -. Masculló el viejo soldado entre dientes, mis otros contendientes soltaron sendas exclamaciones de enfado ante mi buena fortuna.
- Eres un mocoso con suerte… maldita sea! -. Soltó un escupitajo, para luego reír a carcajadas mientras me palmeaba con rudeza los hombros.
- Jarod, tengo casi veinticinco años, pronto ara diez que servimos juntos a Lord Wilard… no crees que podrías dejar de llamarme mocoso? -. El viejo me ignoró, recogió sus 4 dados y los colocó en un pequeño cubilete de madera.
El ruido de los dados entrechocando en el interior del cubilete llenó el aire cuando lo volcó contra el suelo con violencia, los otros 4 jugadores nos arracimamos entorno al anciano, expectantes ante el resultado de su tirada. Aprovechando la atención de la que estaba disfrutando, el viejo se demoró un poco.
- Vas a descubrir tu jugada de una vez o esperas a que a todos nos salgan canas como a ti?! -La voz de Taïs restalló como un látigo en medio del silencio.
Incluso Jarod sonrió, todos conocíamos sobradamente el carácter hosco del norteño, era una de las últimas incorporaciones a las huestes de la Casa de los Faris, pero aún así ya llevaba cerca de seis meses a nuestro lado. Se rumoreaba que lo habían echado del feudo del Señor August Partir por beneficiarse a una de las muchas amantes del Caballero, tras aquello trabajó como mercenario durante algunos meses hasta que Lord Wilard Faris lo acogió en su ejército, sin duda secretamente divertido por la humillación sufrida por Partir.
Su carácter adusto no evito que cuajara perfectamente entre los recios y sencillos soldados del Lord Sangredivina, pese a que era objeto de algún que otro ingenioso mote y burla, detalle que confirmaba sobradamente su integración al equipo.
- Taïs, te has planteado sacarte alguna vez el pepino que llevas incrustado en el culo? O es que te gusta demasiado que te den por detrás como para hacerlo?-. Las carcajadas hendieron el aire de la madrugada, Taïs se levanto hecho una furia, pero Darric y Lur lo detuvieron con ademan amigable. Jarod y yo nos limitamos a reír.
- Viejo, tu espada no es tan afilada como lo son tus palabras, cuida lo que dices…-. Dijo mientras se sentaba de nuevo.
Jarod se limito a sonreír con tranquilidad, ambos sabían que nunca llegarían a las manos por muchas pullas que el veterano lanzara, se respetaban demasiado como para entablar combate por una estupidez.
- 3 Coronas -. Proclamó Jarod y, antes de que ninguno reaccionara, alzó el cubilete. Una calavera, un ciervo, una corona y una dama aparecieron en la cara superior de los dados.
- Por Tzrail, que jugada más mala Jarod! -. La única respuesta al comentario de Lur fue otro escupitajo.
De mala gana el veterano pasó el cubilete a Darric que proclamo que sacaría 3 ciervos, pero solo consiguió dos ciervos y una pareja de lunas, a Lur no le fue mucho mejor, apostó por tres Lunas y sacó 3 ciervos y una calavera, empataría con mi jugada si no fuera porque yo además de sacar tres Damas había acertado en mi apuesta. Por último le tocaba el turno a Taïs, nos miramos con complicidad, yo seguro de que me llevaría el bote reunido a nuestros pies y él confiado en la suerte que le conferían los extraños dioses paganos en los que creía.
La madrugada estaba ya muy avanzada, faltaba poco para el alba, pero ni de lejos éramos los únicos soldados despiertos a aquellas horas. Prácticamente los veinte mil infantes que formaban aquel enorme ejército padecíamos insomnio a causa de la terrible batalla que habríamos de librar; charlas, paseos y partidas de dados en pequeños grupos como el nuestro se repetían a lo largo de la linde oriental del acantilado. Las hogueras chisporroteaban por doquier, iluminando con su cálido haz la fría alborada.
Sin duda era una mala estrategia, pues el humo nos habría de delatar a quilómetros, pero no esperábamos la llegada del señuelo hasta el mediodía.
Con un sonoro chasquido Taïs clavó el cubilete en el suelo con la apertura hacia abajo. De nuevo nos miramos.
- Quieres despedirte de tu dinero?-.
- Apuesta.-. Aún se oían los dados girar en el interior del recipiente.
- 4 Lunas.-. El silencio se hizo aún más pesado y el murmullo de los dados no cesaba.
- Qué raro que un pagano como tu apueste por Tzrail…-. Comente, sonriendo ante el atrevimiento del Norteño. –Descubre. -. Él sonrió a su vez y levanto el cubilete.
Para nuestra sorpresa los dados seguían girando.
- Admirad la fuerza del gran Taïs!-. Exclamó Jarod con sarcasmo.
Un dado empezó a girar de forma más inestable, y luego un segundo y un tercero lo siguió. Todos nos acercamos expectantes. El primero se balanceó un momento y cayó. Una calavera. Yo solté una exclamación de júbilo al tiempo que Taïs maldecía. Pero entonces otro dado se paro, con un sonido seco. Una segunda calavera. Nadie le hizo el menor caso, aunque sacara tres yo había apostado y acertado ganaba pasara lo que pasara pero…
El tercer dado cayó, tres calaveras. Todos palidecimos visiblemente.
- No me jodas.- murmuró Darric.
- Es imposible…-. La voz de Jarod había perdido todo matiz jocoso. El dado empezó a trazar círculos más amplios y lentos.
- Ha… habíais visto nunca un dado que tardará tanto en caer…? -. Pregunto con un hilo de voz Lur, el más joven del grupo.
Todos teníamos en nuestra mente la misma combinación y rezábamos para que no apareciera, incluso Taïs parecía haber perdido aplomo.
El dado golpeó contra una piedrecita y dio un pequeño brinco antes de posarse en el suelo de nuevo, giró dos veces sobre sí mismo. Contuvimos el aliento. Un tercer giro. Una cuarta calavera apareció ante nuestros ojos.
Ninguno reaccionó, todos sabíamos lo que significaba. Era un augurio muy antiguo, probablemente perteneciente a las creencias anteriores a la creación de los primeros poblados de “La Brecha”, el peor augurio antes de la batalla.
Taïs rompió el silencio:
- Lo… quiero decir… sólo es un juego no significa nada… un simple juego.-
Todos lo miramos y vimos que no creía sus propias palabras. Súbitamente se alzó:
- Estoy harto de jueguecitos, me voy a dormir... si vosotros os creéis estos cuentos de viejas… peor para vosotros, yo prefiero confiar en mi espada.- La mirada que nos dirigió era feroz, como esperando que rebatiéramos sus afirmación. Sin duda tenía miedo, como todos nosotros.
- Taïs yo…-. Lur lo miró dubitativo con los labios temblorosos, solo tenía dieciséis años y había sido nombrado escudero del hijo de Lord Faris, en unos años podría ascender a caballero ,si Tzrail lo permitía, sin duda esperaba con ansias aquella batalla para demostrar que su ascenso había sido merecido. Pero ahora estaba aterrado, el augurio era claro, ninguno pasaríamos de aquel día y si nosotros caíamos “La Brecha” entera sucumbiría con nosotros.
- No te mees en los pantalones mocoso… el culo rígido tiene razón, solo es un juego.- Lur miró al veterano esperanzado.
- Tú crees?-.
- Claro, cómo podríamos perder este combate? Somos más de treinta mil guerreros , incluidos los jodidos lores Sangredivina, tu aún eres joven y no has vívido las batallas entre los grandes Señores pero te aseguro que acojonan cuando luchan entre ellos, el choque de sus espadas resuena como el tañido de mil campanas en medio del campo de batalla, cada uno de ellos vale por más de cien… y por si fuera poco estamos capitaneados por el más poderoso de todos ellos, Lord Kairium de la Casa Lunar. Los guerreros de la Casa Lunar conservan intacto el poder del Dios Tzrail en su sangre, por sus venas corre aún hoy en día la fuerza de un Dios… Dime chico, qué crees que pueden hacer tres ridículos Demonios contra esto?-. Soltó una carcajada, Lur se tranquilizó e incluso esbozó una ligera sonrisa, los demás nos obligamos a sonreír pero ,aunque no lo dijimos, todos teníamos en la cabeza un detalle que a Jarod se le pasó mencionar:
Los tres ridículos demonios ya habían matado a dos miembros de la Casa Lunar.
- Eres un mocoso con suerte… maldita sea! -. Soltó un escupitajo, para luego reír a carcajadas mientras me palmeaba con rudeza los hombros.
- Jarod, tengo casi veinticinco años, pronto ara diez que servimos juntos a Lord Wilard… no crees que podrías dejar de llamarme mocoso? -. El viejo me ignoró, recogió sus 4 dados y los colocó en un pequeño cubilete de madera.
El ruido de los dados entrechocando en el interior del cubilete llenó el aire cuando lo volcó contra el suelo con violencia, los otros 4 jugadores nos arracimamos entorno al anciano, expectantes ante el resultado de su tirada. Aprovechando la atención de la que estaba disfrutando, el viejo se demoró un poco.
- Vas a descubrir tu jugada de una vez o esperas a que a todos nos salgan canas como a ti?! -La voz de Taïs restalló como un látigo en medio del silencio.
Incluso Jarod sonrió, todos conocíamos sobradamente el carácter hosco del norteño, era una de las últimas incorporaciones a las huestes de la Casa de los Faris, pero aún así ya llevaba cerca de seis meses a nuestro lado. Se rumoreaba que lo habían echado del feudo del Señor August Partir por beneficiarse a una de las muchas amantes del Caballero, tras aquello trabajó como mercenario durante algunos meses hasta que Lord Wilard Faris lo acogió en su ejército, sin duda secretamente divertido por la humillación sufrida por Partir.
Su carácter adusto no evito que cuajara perfectamente entre los recios y sencillos soldados del Lord Sangredivina, pese a que era objeto de algún que otro ingenioso mote y burla, detalle que confirmaba sobradamente su integración al equipo.
- Taïs, te has planteado sacarte alguna vez el pepino que llevas incrustado en el culo? O es que te gusta demasiado que te den por detrás como para hacerlo?-. Las carcajadas hendieron el aire de la madrugada, Taïs se levanto hecho una furia, pero Darric y Lur lo detuvieron con ademan amigable. Jarod y yo nos limitamos a reír.
- Viejo, tu espada no es tan afilada como lo son tus palabras, cuida lo que dices…-. Dijo mientras se sentaba de nuevo.
Jarod se limito a sonreír con tranquilidad, ambos sabían que nunca llegarían a las manos por muchas pullas que el veterano lanzara, se respetaban demasiado como para entablar combate por una estupidez.
- 3 Coronas -. Proclamó Jarod y, antes de que ninguno reaccionara, alzó el cubilete. Una calavera, un ciervo, una corona y una dama aparecieron en la cara superior de los dados.
- Por Tzrail, que jugada más mala Jarod! -. La única respuesta al comentario de Lur fue otro escupitajo.
De mala gana el veterano pasó el cubilete a Darric que proclamo que sacaría 3 ciervos, pero solo consiguió dos ciervos y una pareja de lunas, a Lur no le fue mucho mejor, apostó por tres Lunas y sacó 3 ciervos y una calavera, empataría con mi jugada si no fuera porque yo además de sacar tres Damas había acertado en mi apuesta. Por último le tocaba el turno a Taïs, nos miramos con complicidad, yo seguro de que me llevaría el bote reunido a nuestros pies y él confiado en la suerte que le conferían los extraños dioses paganos en los que creía.
La madrugada estaba ya muy avanzada, faltaba poco para el alba, pero ni de lejos éramos los únicos soldados despiertos a aquellas horas. Prácticamente los veinte mil infantes que formaban aquel enorme ejército padecíamos insomnio a causa de la terrible batalla que habríamos de librar; charlas, paseos y partidas de dados en pequeños grupos como el nuestro se repetían a lo largo de la linde oriental del acantilado. Las hogueras chisporroteaban por doquier, iluminando con su cálido haz la fría alborada.
Sin duda era una mala estrategia, pues el humo nos habría de delatar a quilómetros, pero no esperábamos la llegada del señuelo hasta el mediodía.
Con un sonoro chasquido Taïs clavó el cubilete en el suelo con la apertura hacia abajo. De nuevo nos miramos.
- Quieres despedirte de tu dinero?-.
- Apuesta.-. Aún se oían los dados girar en el interior del recipiente.
- 4 Lunas.-. El silencio se hizo aún más pesado y el murmullo de los dados no cesaba.
- Qué raro que un pagano como tu apueste por Tzrail…-. Comente, sonriendo ante el atrevimiento del Norteño. –Descubre. -. Él sonrió a su vez y levanto el cubilete.
Para nuestra sorpresa los dados seguían girando.
- Admirad la fuerza del gran Taïs!-. Exclamó Jarod con sarcasmo.
Un dado empezó a girar de forma más inestable, y luego un segundo y un tercero lo siguió. Todos nos acercamos expectantes. El primero se balanceó un momento y cayó. Una calavera. Yo solté una exclamación de júbilo al tiempo que Taïs maldecía. Pero entonces otro dado se paro, con un sonido seco. Una segunda calavera. Nadie le hizo el menor caso, aunque sacara tres yo había apostado y acertado ganaba pasara lo que pasara pero…
El tercer dado cayó, tres calaveras. Todos palidecimos visiblemente.
- No me jodas.- murmuró Darric.
- Es imposible…-. La voz de Jarod había perdido todo matiz jocoso. El dado empezó a trazar círculos más amplios y lentos.
- Ha… habíais visto nunca un dado que tardará tanto en caer…? -. Pregunto con un hilo de voz Lur, el más joven del grupo.
Todos teníamos en nuestra mente la misma combinación y rezábamos para que no apareciera, incluso Taïs parecía haber perdido aplomo.
El dado golpeó contra una piedrecita y dio un pequeño brinco antes de posarse en el suelo de nuevo, giró dos veces sobre sí mismo. Contuvimos el aliento. Un tercer giro. Una cuarta calavera apareció ante nuestros ojos.
Ninguno reaccionó, todos sabíamos lo que significaba. Era un augurio muy antiguo, probablemente perteneciente a las creencias anteriores a la creación de los primeros poblados de “La Brecha”, el peor augurio antes de la batalla.
Taïs rompió el silencio:
- Lo… quiero decir… sólo es un juego no significa nada… un simple juego.-
Todos lo miramos y vimos que no creía sus propias palabras. Súbitamente se alzó:
- Estoy harto de jueguecitos, me voy a dormir... si vosotros os creéis estos cuentos de viejas… peor para vosotros, yo prefiero confiar en mi espada.- La mirada que nos dirigió era feroz, como esperando que rebatiéramos sus afirmación. Sin duda tenía miedo, como todos nosotros.
- Taïs yo…-. Lur lo miró dubitativo con los labios temblorosos, solo tenía dieciséis años y había sido nombrado escudero del hijo de Lord Faris, en unos años podría ascender a caballero ,si Tzrail lo permitía, sin duda esperaba con ansias aquella batalla para demostrar que su ascenso había sido merecido. Pero ahora estaba aterrado, el augurio era claro, ninguno pasaríamos de aquel día y si nosotros caíamos “La Brecha” entera sucumbiría con nosotros.
- No te mees en los pantalones mocoso… el culo rígido tiene razón, solo es un juego.- Lur miró al veterano esperanzado.
- Tú crees?-.
- Claro, cómo podríamos perder este combate? Somos más de treinta mil guerreros , incluidos los jodidos lores Sangredivina, tu aún eres joven y no has vívido las batallas entre los grandes Señores pero te aseguro que acojonan cuando luchan entre ellos, el choque de sus espadas resuena como el tañido de mil campanas en medio del campo de batalla, cada uno de ellos vale por más de cien… y por si fuera poco estamos capitaneados por el más poderoso de todos ellos, Lord Kairium de la Casa Lunar. Los guerreros de la Casa Lunar conservan intacto el poder del Dios Tzrail en su sangre, por sus venas corre aún hoy en día la fuerza de un Dios… Dime chico, qué crees que pueden hacer tres ridículos Demonios contra esto?-. Soltó una carcajada, Lur se tranquilizó e incluso esbozó una ligera sonrisa, los demás nos obligamos a sonreír pero ,aunque no lo dijimos, todos teníamos en la cabeza un detalle que a Jarod se le pasó mencionar:
Los tres ridículos demonios ya habían matado a dos miembros de la Casa Lunar.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Caida de Dioses. Capítulo 1
- Mi Señor, lo que os proponéis es una locura… no podríais tener a bien considerar…-
- No Jules, ya lo he decidido, los demonios morirán antes de que el sol caiga dos veces-.
- Pero Lord Kairium… Alteza!-. El viejo vio como el último Señor de la Casa del Dios Lunar se alejaba a grandes zancadas.
En el patio más de trescientos Caballeros Sangredivina formaban, los haces de luz incidían en sus inmaculados yelmos y sus bruñidas armaduras provocando un espectacular juego de luces que atemorizaría a cualquiera sin necesidad de contemplar el brillo de las letales hojas que portaban.
A sus espaldas, millares de nobles caballeros mortales intentaban controlar a sus monturas que piafaban y relinchaban con nerviosismo, impresionadas probablemente por la grandeza de los animales que portaban a los lores. Los impávidos corceles de los Sangredivina contemplaban con regia postura la discusión mantenida en las escaleras de la villa feudal entre el Lord y Jules Jartkin, amo de la casa y Señor de noble casta divina. Al pie de la escalera sus cinco nobles hijos de Sangredivina esperaban al Senyor Kairium, yelmos en mano se disponían a responder a la llamada del último hombre que conservaba intacta la sangre del Dios Tzrail.
Cuando el lord Kairium llego al pie de las escaleras saludó a estos con un leve movimiento de cabeza y les indicó que lo siguieran. Al unísono, los cinco se pusieron el yelmo y cabalgaron hasta reunirse con sus trescientos hermanos.
Desde la cima de la portentosa escalera esculpida en roca roja, Jules Jartkin contemplo apesadumbrado la marcha de sus hijos, sabiendo que ya jamás habría de contemplar sus rostros de nuevo. El menor no tenía más de 20 años, apenas había vivido nada ni en el computo mortal, aún menos podía considerarse preparado para combatir en el computo de los Sangredivina. Aún así Lord Jules sabía que nunca podría detenerlos, aunque desobedeciera el mandato de su Señor Kaiurium, cosa que ,por supuesto, no haría.
Así pues el hombre, que había vivido casi ciento ochenta años y estaba ya en el ocaso de su divina existencia, pensó, mientras toda la hueste se alejaba, que estaba asistiendo al fin de la existencia de la Casa de los Jartkin, así como al fin de muchas otras Casas algunas tan antiguas cómo la mismísima “Brecha”.
Desde nuestro asentamiento en las afueras del feudo, contemplamos como los caballeros galopaban hacía nosotros.
Era, en verdad, un grandioso espectáculo contemplar a aquellos casi doce mil caballeros nobles galopar en perfecta formación, con los más de trescientos Lores Sangredivina al frente. La velocidad que llevaban y los colores de sus miles de estandartes y armaduras los asemejaba a un arcoíris en movimiento.
Inmediatamente los generales nos hicieron levantar y colocarnos en formación.
Éramos casi veinte mil soldados de infantería, cada uno de nosotros formaba parte de las huestes de alguno de los Lores o de sus fieles caballeros mortales. A todos se nos henchía el pecho de orgullo al contemplar el valor de nuestros Señores que durante tantos años habían combatido en fútiles guerras por el territorio, unidos ahora bajo el estandarte de la casa lunar para enfrentar a la amenaza Bakala.
Cuando los caballeros se pusieron enfrente de la columna, empezamos a avanzar por el pedregoso camino que comunicaba las tierras de Lord Jartkin con los feudos de los Señores Turin y Farisio, hermanos al frente de la noble Casa de los Balir.
Nos dirigíamos hacía la Garganta del río Iris. Años ha el río Iris causaba, debido a su enorme caudal, periódicas inundaciones del territorio en época de lluvias.
Durante muchos años este hecho causó el tormento de los pobres aldeanos y campesinos que vivían en los alrededores, pero como el río se encontraba en medio de los territorios de varios Lores y señores menores ninguno se atrevía a remendar el problema por miedo a iniciar una reyerta territorial con los demás.
Cansado del asunto y viendo que, de todas maneras, los nobles Señores iniciaban reyertas tan a menudo como podían con o sin la excusa del río de por medio, Lord Garian, Señor de la casa Lunar y noble padre de Lord Kairium, decidió apropiarse él mismo de los territorios adyacentes al río a golpe de espada.
Con la inevitable capitulación de los Lores y Señores y sus juramentos de vasallaje, el gran Lord decidió desviar el curso del río y regularlo con una presa a fin de acabar con el problema.
Como resultado de la alteración de su curso, la cuenca ahora vacía del Iris había dado lugar a un enorme cañón de piedra de varios metros de altitud, lleno de escombros de piedra descomunales y cimas (anteriormente isletas) que se alzaban por doquier.
Aquel fue el territorio escogido por el Señor Kairium y los otros Lores para entablar combate contra los Colosales Mizratz.
Todos confiábamos en que el monstruoso tamaño de los demonios, que los hacía tan peligrosos en terreno llano, se convirtiera en una debilidad en medio del traicionero terreno de roca, con altitudes tan desiguales y riscos que surgían aquí y allá, todo parecía indicar que la movilidad de los Titanes se vería considerablemente mermada y el Lord tendría la oportunidad de cumplir su ansiada venganza.
Así pues, tras horas de agotadora marcha llegamos al borde del acantilado, otrora linde occidental del rio, y acampamos allí a la espera de que el señor Regis y su hueste atrajera a los Titanes hasta la red natural que les habíamos tejido.
En castigo por atacar al Lord, y salvarlo de una muerte segura a manos de los tres Mizratz,a sus cuarenta fieles caballeros ,con el Señor Sangredivina Regis, a la cabeza les fue encargada la peligrosa misión de convertirse en el señuelo que atraería a los Bakala hasta la Garganta del Iris.
Casi ningún hombre pudo pegar ojo aquella noche, todos estábamos demasiado ansiosos por entrar en combate y poner fin a los crueles actos que los malditos Mizratz estaban provocando por toda “La Brecha”. Ninguno lo admitiría nunca, pero desde el más poderoso de los Lores Sangredivina hasta el más humilde escudero allí presente sentía en sus corazones la fría tenaza del miedo, aunque ni una sola vez acudió a nuestra mente la idea de huir. Por primera vez en muchos años cada soldado tenía la certeza de que combatía por una causa con sentido, la defensa de su patria y la protección del pueblo eran los motivos por los que siempre no habrían habido de llamar para combatir, nunca por absurdas guerras entre nobles por afrentas que no nos concernían o territorios que no nos importaban. Ahora ya no luchábamos hermano contra hermano, luchábamos hombro con hombro para proteger a nuestras familias y a las familias de nuestros hermanos de espada. Ahora combatíamos por nosotros mismos, no porque fuera el deseo de nuestros Nobles Señores.
Pese a que creía firmemente que al fin combatía por una causa noble, lo cierto es que la madrugada estaba ya muy avanzada y el manto del miedo me aferraba impidiéndome conciliar el sueño.
Harto de dar vueltas y vueltas infructuosas en la manta de campamento (casi la única cama que conocía después de tantos años sirviendo como soldado) decidí levantarme a dar un paseo, a fin de relajarme.
Al descorrer la cortina de mi tienda, contemplé, sorprendido, que no era el único que parecía padecer de insomnio. Decenas de soldados estaban repartidos por todo el prado al lado del acantilado. Sonreí ante la nada usual actividad nocturna, estaba acostumbrado a que los campamentos se convirtieran en un silencioso templo del descanso por la noche, por lo general, cuando me tocaba guardia, incluso me encontraba a los centinelas a los que había de relevar dormidos como chiquillos. Pero claro, aquella noche todo era distinto.
- No Jules, ya lo he decidido, los demonios morirán antes de que el sol caiga dos veces-.
- Pero Lord Kairium… Alteza!-. El viejo vio como el último Señor de la Casa del Dios Lunar se alejaba a grandes zancadas.
En el patio más de trescientos Caballeros Sangredivina formaban, los haces de luz incidían en sus inmaculados yelmos y sus bruñidas armaduras provocando un espectacular juego de luces que atemorizaría a cualquiera sin necesidad de contemplar el brillo de las letales hojas que portaban.
A sus espaldas, millares de nobles caballeros mortales intentaban controlar a sus monturas que piafaban y relinchaban con nerviosismo, impresionadas probablemente por la grandeza de los animales que portaban a los lores. Los impávidos corceles de los Sangredivina contemplaban con regia postura la discusión mantenida en las escaleras de la villa feudal entre el Lord y Jules Jartkin, amo de la casa y Señor de noble casta divina. Al pie de la escalera sus cinco nobles hijos de Sangredivina esperaban al Senyor Kairium, yelmos en mano se disponían a responder a la llamada del último hombre que conservaba intacta la sangre del Dios Tzrail.
Cuando el lord Kairium llego al pie de las escaleras saludó a estos con un leve movimiento de cabeza y les indicó que lo siguieran. Al unísono, los cinco se pusieron el yelmo y cabalgaron hasta reunirse con sus trescientos hermanos.
Desde la cima de la portentosa escalera esculpida en roca roja, Jules Jartkin contemplo apesadumbrado la marcha de sus hijos, sabiendo que ya jamás habría de contemplar sus rostros de nuevo. El menor no tenía más de 20 años, apenas había vivido nada ni en el computo mortal, aún menos podía considerarse preparado para combatir en el computo de los Sangredivina. Aún así Lord Jules sabía que nunca podría detenerlos, aunque desobedeciera el mandato de su Señor Kaiurium, cosa que ,por supuesto, no haría.
Así pues el hombre, que había vivido casi ciento ochenta años y estaba ya en el ocaso de su divina existencia, pensó, mientras toda la hueste se alejaba, que estaba asistiendo al fin de la existencia de la Casa de los Jartkin, así como al fin de muchas otras Casas algunas tan antiguas cómo la mismísima “Brecha”.
Desde nuestro asentamiento en las afueras del feudo, contemplamos como los caballeros galopaban hacía nosotros.
Era, en verdad, un grandioso espectáculo contemplar a aquellos casi doce mil caballeros nobles galopar en perfecta formación, con los más de trescientos Lores Sangredivina al frente. La velocidad que llevaban y los colores de sus miles de estandartes y armaduras los asemejaba a un arcoíris en movimiento.
Inmediatamente los generales nos hicieron levantar y colocarnos en formación.
Éramos casi veinte mil soldados de infantería, cada uno de nosotros formaba parte de las huestes de alguno de los Lores o de sus fieles caballeros mortales. A todos se nos henchía el pecho de orgullo al contemplar el valor de nuestros Señores que durante tantos años habían combatido en fútiles guerras por el territorio, unidos ahora bajo el estandarte de la casa lunar para enfrentar a la amenaza Bakala.
Cuando los caballeros se pusieron enfrente de la columna, empezamos a avanzar por el pedregoso camino que comunicaba las tierras de Lord Jartkin con los feudos de los Señores Turin y Farisio, hermanos al frente de la noble Casa de los Balir.
Nos dirigíamos hacía la Garganta del río Iris. Años ha el río Iris causaba, debido a su enorme caudal, periódicas inundaciones del territorio en época de lluvias.
Durante muchos años este hecho causó el tormento de los pobres aldeanos y campesinos que vivían en los alrededores, pero como el río se encontraba en medio de los territorios de varios Lores y señores menores ninguno se atrevía a remendar el problema por miedo a iniciar una reyerta territorial con los demás.
Cansado del asunto y viendo que, de todas maneras, los nobles Señores iniciaban reyertas tan a menudo como podían con o sin la excusa del río de por medio, Lord Garian, Señor de la casa Lunar y noble padre de Lord Kairium, decidió apropiarse él mismo de los territorios adyacentes al río a golpe de espada.
Con la inevitable capitulación de los Lores y Señores y sus juramentos de vasallaje, el gran Lord decidió desviar el curso del río y regularlo con una presa a fin de acabar con el problema.
Como resultado de la alteración de su curso, la cuenca ahora vacía del Iris había dado lugar a un enorme cañón de piedra de varios metros de altitud, lleno de escombros de piedra descomunales y cimas (anteriormente isletas) que se alzaban por doquier.
Aquel fue el territorio escogido por el Señor Kairium y los otros Lores para entablar combate contra los Colosales Mizratz.
Todos confiábamos en que el monstruoso tamaño de los demonios, que los hacía tan peligrosos en terreno llano, se convirtiera en una debilidad en medio del traicionero terreno de roca, con altitudes tan desiguales y riscos que surgían aquí y allá, todo parecía indicar que la movilidad de los Titanes se vería considerablemente mermada y el Lord tendría la oportunidad de cumplir su ansiada venganza.
Así pues, tras horas de agotadora marcha llegamos al borde del acantilado, otrora linde occidental del rio, y acampamos allí a la espera de que el señor Regis y su hueste atrajera a los Titanes hasta la red natural que les habíamos tejido.
En castigo por atacar al Lord, y salvarlo de una muerte segura a manos de los tres Mizratz,a sus cuarenta fieles caballeros ,con el Señor Sangredivina Regis, a la cabeza les fue encargada la peligrosa misión de convertirse en el señuelo que atraería a los Bakala hasta la Garganta del Iris.
Casi ningún hombre pudo pegar ojo aquella noche, todos estábamos demasiado ansiosos por entrar en combate y poner fin a los crueles actos que los malditos Mizratz estaban provocando por toda “La Brecha”. Ninguno lo admitiría nunca, pero desde el más poderoso de los Lores Sangredivina hasta el más humilde escudero allí presente sentía en sus corazones la fría tenaza del miedo, aunque ni una sola vez acudió a nuestra mente la idea de huir. Por primera vez en muchos años cada soldado tenía la certeza de que combatía por una causa con sentido, la defensa de su patria y la protección del pueblo eran los motivos por los que siempre no habrían habido de llamar para combatir, nunca por absurdas guerras entre nobles por afrentas que no nos concernían o territorios que no nos importaban. Ahora ya no luchábamos hermano contra hermano, luchábamos hombro con hombro para proteger a nuestras familias y a las familias de nuestros hermanos de espada. Ahora combatíamos por nosotros mismos, no porque fuera el deseo de nuestros Nobles Señores.
Pese a que creía firmemente que al fin combatía por una causa noble, lo cierto es que la madrugada estaba ya muy avanzada y el manto del miedo me aferraba impidiéndome conciliar el sueño.
Harto de dar vueltas y vueltas infructuosas en la manta de campamento (casi la única cama que conocía después de tantos años sirviendo como soldado) decidí levantarme a dar un paseo, a fin de relajarme.
Al descorrer la cortina de mi tienda, contemplé, sorprendido, que no era el único que parecía padecer de insomnio. Decenas de soldados estaban repartidos por todo el prado al lado del acantilado. Sonreí ante la nada usual actividad nocturna, estaba acostumbrado a que los campamentos se convirtieran en un silencioso templo del descanso por la noche, por lo general, cuando me tocaba guardia, incluso me encontraba a los centinelas a los que había de relevar dormidos como chiquillos. Pero claro, aquella noche todo era distinto.
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