- Mi Señor, lo que os proponéis es una locura… no podríais tener a bien considerar…-
- No Jules, ya lo he decidido, los demonios morirán antes de que el sol caiga dos veces-.
- Pero Lord Kairium… Alteza!-. El viejo vio como el último Señor de la Casa del Dios Lunar se alejaba a grandes zancadas.
En el patio más de trescientos Caballeros Sangredivina formaban, los haces de luz incidían en sus inmaculados yelmos y sus bruñidas armaduras provocando un espectacular juego de luces que atemorizaría a cualquiera sin necesidad de contemplar el brillo de las letales hojas que portaban.
A sus espaldas, millares de nobles caballeros mortales intentaban controlar a sus monturas que piafaban y relinchaban con nerviosismo, impresionadas probablemente por la grandeza de los animales que portaban a los lores. Los impávidos corceles de los Sangredivina contemplaban con regia postura la discusión mantenida en las escaleras de la villa feudal entre el Lord y Jules Jartkin, amo de la casa y Señor de noble casta divina. Al pie de la escalera sus cinco nobles hijos de Sangredivina esperaban al Senyor Kairium, yelmos en mano se disponían a responder a la llamada del último hombre que conservaba intacta la sangre del Dios Tzrail.
Cuando el lord Kairium llego al pie de las escaleras saludó a estos con un leve movimiento de cabeza y les indicó que lo siguieran. Al unísono, los cinco se pusieron el yelmo y cabalgaron hasta reunirse con sus trescientos hermanos.
Desde la cima de la portentosa escalera esculpida en roca roja, Jules Jartkin contemplo apesadumbrado la marcha de sus hijos, sabiendo que ya jamás habría de contemplar sus rostros de nuevo. El menor no tenía más de 20 años, apenas había vivido nada ni en el computo mortal, aún menos podía considerarse preparado para combatir en el computo de los Sangredivina. Aún así Lord Jules sabía que nunca podría detenerlos, aunque desobedeciera el mandato de su Señor Kaiurium, cosa que ,por supuesto, no haría.
Así pues el hombre, que había vivido casi ciento ochenta años y estaba ya en el ocaso de su divina existencia, pensó, mientras toda la hueste se alejaba, que estaba asistiendo al fin de la existencia de la Casa de los Jartkin, así como al fin de muchas otras Casas algunas tan antiguas cómo la mismísima “Brecha”.
Desde nuestro asentamiento en las afueras del feudo, contemplamos como los caballeros galopaban hacía nosotros.
Era, en verdad, un grandioso espectáculo contemplar a aquellos casi doce mil caballeros nobles galopar en perfecta formación, con los más de trescientos Lores Sangredivina al frente. La velocidad que llevaban y los colores de sus miles de estandartes y armaduras los asemejaba a un arcoíris en movimiento.
Inmediatamente los generales nos hicieron levantar y colocarnos en formación.
Éramos casi veinte mil soldados de infantería, cada uno de nosotros formaba parte de las huestes de alguno de los Lores o de sus fieles caballeros mortales. A todos se nos henchía el pecho de orgullo al contemplar el valor de nuestros Señores que durante tantos años habían combatido en fútiles guerras por el territorio, unidos ahora bajo el estandarte de la casa lunar para enfrentar a la amenaza Bakala.
Cuando los caballeros se pusieron enfrente de la columna, empezamos a avanzar por el pedregoso camino que comunicaba las tierras de Lord Jartkin con los feudos de los Señores Turin y Farisio, hermanos al frente de la noble Casa de los Balir.
Nos dirigíamos hacía la Garganta del río Iris. Años ha el río Iris causaba, debido a su enorme caudal, periódicas inundaciones del territorio en época de lluvias.
Durante muchos años este hecho causó el tormento de los pobres aldeanos y campesinos que vivían en los alrededores, pero como el río se encontraba en medio de los territorios de varios Lores y señores menores ninguno se atrevía a remendar el problema por miedo a iniciar una reyerta territorial con los demás.
Cansado del asunto y viendo que, de todas maneras, los nobles Señores iniciaban reyertas tan a menudo como podían con o sin la excusa del río de por medio, Lord Garian, Señor de la casa Lunar y noble padre de Lord Kairium, decidió apropiarse él mismo de los territorios adyacentes al río a golpe de espada.
Con la inevitable capitulación de los Lores y Señores y sus juramentos de vasallaje, el gran Lord decidió desviar el curso del río y regularlo con una presa a fin de acabar con el problema.
Como resultado de la alteración de su curso, la cuenca ahora vacía del Iris había dado lugar a un enorme cañón de piedra de varios metros de altitud, lleno de escombros de piedra descomunales y cimas (anteriormente isletas) que se alzaban por doquier.
Aquel fue el territorio escogido por el Señor Kairium y los otros Lores para entablar combate contra los Colosales Mizratz.
Todos confiábamos en que el monstruoso tamaño de los demonios, que los hacía tan peligrosos en terreno llano, se convirtiera en una debilidad en medio del traicionero terreno de roca, con altitudes tan desiguales y riscos que surgían aquí y allá, todo parecía indicar que la movilidad de los Titanes se vería considerablemente mermada y el Lord tendría la oportunidad de cumplir su ansiada venganza.
Así pues, tras horas de agotadora marcha llegamos al borde del acantilado, otrora linde occidental del rio, y acampamos allí a la espera de que el señor Regis y su hueste atrajera a los Titanes hasta la red natural que les habíamos tejido.
En castigo por atacar al Lord, y salvarlo de una muerte segura a manos de los tres Mizratz,a sus cuarenta fieles caballeros ,con el Señor Sangredivina Regis, a la cabeza les fue encargada la peligrosa misión de convertirse en el señuelo que atraería a los Bakala hasta la Garganta del Iris.
Casi ningún hombre pudo pegar ojo aquella noche, todos estábamos demasiado ansiosos por entrar en combate y poner fin a los crueles actos que los malditos Mizratz estaban provocando por toda “La Brecha”. Ninguno lo admitiría nunca, pero desde el más poderoso de los Lores Sangredivina hasta el más humilde escudero allí presente sentía en sus corazones la fría tenaza del miedo, aunque ni una sola vez acudió a nuestra mente la idea de huir. Por primera vez en muchos años cada soldado tenía la certeza de que combatía por una causa con sentido, la defensa de su patria y la protección del pueblo eran los motivos por los que siempre no habrían habido de llamar para combatir, nunca por absurdas guerras entre nobles por afrentas que no nos concernían o territorios que no nos importaban. Ahora ya no luchábamos hermano contra hermano, luchábamos hombro con hombro para proteger a nuestras familias y a las familias de nuestros hermanos de espada. Ahora combatíamos por nosotros mismos, no porque fuera el deseo de nuestros Nobles Señores.
Pese a que creía firmemente que al fin combatía por una causa noble, lo cierto es que la madrugada estaba ya muy avanzada y el manto del miedo me aferraba impidiéndome conciliar el sueño.
Harto de dar vueltas y vueltas infructuosas en la manta de campamento (casi la única cama que conocía después de tantos años sirviendo como soldado) decidí levantarme a dar un paseo, a fin de relajarme.
Al descorrer la cortina de mi tienda, contemplé, sorprendido, que no era el único que parecía padecer de insomnio. Decenas de soldados estaban repartidos por todo el prado al lado del acantilado. Sonreí ante la nada usual actividad nocturna, estaba acostumbrado a que los campamentos se convirtieran en un silencioso templo del descanso por la noche, por lo general, cuando me tocaba guardia, incluso me encontraba a los centinelas a los que había de relevar dormidos como chiquillos. Pero claro, aquella noche todo era distinto.
miércoles, 5 de mayo de 2010
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Tu texto me ha recordado a Robert Howard, el creador de CONAN, EL BÁRBARO. Pones un énfasis fetichista en los detalles atmosférico y en el deslumbramiento (casi literal) de las superficies y, de nuevo, me ha sorprendido tu pasión por la retórica inflamada. Tengo la impresión de que, para ti, la fantasía heroica es más un medio que no un fin, y eso es de agradecer. Conoces el género y expones tus cavilaciones a través de sus esquemas. Lo haces tuyo. A ver cómo siguen las aventuras de tus héroes antediluvianos.
ResponderEliminarTengo la cabeza espesa, y me cuesta avanzar por tu texto. Pero me gusta. Es muy... geológico este primer capítulo. Bueno, al menos a mi me parece muy terrenoso, por decirlo de alguna forma.
ResponderEliminarEs algo enrevasado, pero yo creo que genuinamente auténtico. Tienes una estructura bastante clara, y unos párrafos muy agradecidos por no ser kilométricos, cosa bastante habitual en este género literario. Y me parece íntimo y revelador, quizá porque, de alguna forma cuentas como ves el mundo sin decirlo. Me confunde un poco el narrador, pero me gusta.
Tu forma de escribir tiene algo que siempre me atonta y me deja algo confusa, aunque no es una sensación desagradable. Para adelante con el relato.